ENVEJECER

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Cuando envejecemos,
el tiempo no corre:
camina despacio.
Y el cuerpo ya no se queja
de sus dolores en silencio.

Los nombres se nos esconden,
las caras conocidas se escapan,
las noches se hacen temidas
y los amaneceres son
un agradecimiento diario.

La música nueva
nos suena desconcertante,
y cuando oímos a Silvio o Pablo,
a Serrat o Sabina,
una que otra nostalgia
nos humedece las mejillas.

Los sueños quedaron enterrados
entre risas, lágrimas y preguntas
de las que no sabemos
si afligirnos… o burlarnos.

En fin, cuando envejecemos
aprendemos a valorar,
no el vino que hemos bebido,
si no el que aún queda en la copa,
saboreando sorbo a sorbo
lo que nos reste del final.

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