Perdón por muchas veces
no saber qué hacer para ayudarte.
Perdón por no entender,
en ocasiones,
la importancia que das a una sonrisa
a al silencio de esa mirada
cómplice que me regalas.
En fin, mi pequeño amigo,
perdón por este mundo,
a veces es tan duro para ti.
Perdón por no poder hacer otra cosa
que apretar tu manita
para que sientas que no estás solo.
Pero por favor,
no te preocupes si no me ves.
No me fui y nunca lo haré.
Dame solamente unos segundos
para descansar,
para llorar conmigo mismo
la impotencia de no entender
los «porque’ses» de la vida
y volver para acompañarte en tu lucha
constante,
personal y
silenciosa.
Porque si de algo puedes estar seguro,
mi pequeño valiente,
es de que nunca voy a soltar tus deditos
y mucho menos, dejarte ir
