Quise enseñarte
que había otra forma de vivir el cariño.
Una donde los abrazos no llegan con condiciones,
y las cicatrices pueden descansar
sin explicar de dónde vienen.
Quise mostrarte
que una casa
a veces es apenas una voz
que pregunta cómo estás
y espera la respuesta.
Quise decirte
que hay manos
que no sujetan como carcel
sino para recordar
que no hace falta caminar solo.
Quise celebrar contigo
las victorias pequeñas,
esas que casi nadie aplaude:
levantarte un día difícil,
volver a creer y reír sin pedir permiso.
Quise que descubrieras
que alguien puede elegirte
un martes cualquiera,
sin promesas ruidosas o contratos invisibles,
simplemente porque sí.
Pero hay lecciones
que no caben en las palabras.
Y entonces comprendí
que no era la ausencia de cariño lo que te dejaba tan sola.
o por qué tantas manos terminaron alejándose.
Descubrí que seguramente fue
el cansancio de sentirse huésped
en un corazón que olvidó
como convertir el cariño en hogar.