Escuchar una canción que disfrutamos en la juventud o ver una fotografía que un amigo nos muestra, nos puede hacer regresar mentalmente a una etapa que, en aquel momento ni siquiera nos parecía tan extraordinaria, pero que hoy miramos con nostalgia.
Casi todos caemos en la misma trampa emocional que el paso del tiempo nos tiende desde las sombras: mirar hacia atrás y sentir que antes la vida tenía cosas que ahora nos parecen perdidas.
De qué manera no recordar mis veinte años. Cómo no “nostalgiar” con aquellas salidas improvisadas, con los amigos – y sobre todo las amigas😀 -, con las conversaciones de madrugada en el portal de la casa, comiendo el pan recién horneado de la panadería de enfrente, mientras abuela Ana mandaba a callar a Noel con su guitarra…. Sería imposible olvidarlo o peor aún …. no extrañarlo.
Y es que, desde este presente lleno de cuentas que no siempre dan a fin de mes, de cansancio casi perenne y de rutina permanente, aquella época nos parece hoy casi mágica. Pero, sin embargo, ahí está la trampa… ¿Qué pasaría si esos años volvieran?
Pues que junto a ellos volverían también las inseguridades, y los miedos sobre el futuro pues en realidad no extrañamos el pasado, extrañamos cómo nos sentíamos dentro de él. Y es precisamente ahí donde empieza el problema que da título a esta reflexión y de la que hablaremos un poco hoy: romantizar el pasado.
La memoria no recuerda: interpreta y reconstruye
Nos gusta pensar que recordamos las cosas tal y como ocurrieron, pero nos engañamos. La memoria funciona más como un editor de emociones que como un scanner de realidades y con el tiempo, los detalles incómodos se convierten en polvo. Las heridas duelen menos – y a veces nada – y los momentos felices se iluminan más de la cuenta.
Sabiamente, nuestro cerebro hace una especie de “montaje” y algunas etapas terminan pareciendo más hermosas de lo que realmente fueron. Al recordar no extrañamos la realidad completa, sino una versión más suavizada de ella. Extrañamos las risas, pero olvidamos la ansiedad. Recordamos los abrazos, pero no las discusiones.
Hay personas que permanecen en nuestra memoria durante años, no tanto por lo que fueron, sino más que nada porque representan una versión nuestra que ya desapareció. No siempre extrañamos a esa persona que amamos, sino al “Yo” que éramos con ella.
La vida hace que el pasado siempre compita con ventaja contra el presente. Lo que fuimos no puede decepcionarnos otra vez y lo que pasó no puede cambiar o empeorar. El presente, sin embargo, está lleno de problemas reales y cuando uno compara la complejidad del presente con una versión editada y edulcorada del pasado, el resultado casi siempre favorece a la nostalgia.
Pero eso no significa que el pasado fuera mejor. Significa solamente que la distancia lo volvió más amable.
Las redes sociales alimentan la idealización
En los tiempos actuales, vivimos rodeados de recuerdos empaquetados para producir emoción. Están los videos de “los buenos tiempos” y las canciones “que ya no se hacen” o los influencers que nos aseguran que “cualquier tiempo pasado fue mejor” y poco a poco terminamos creyendo que esta época en la que nos tocó vivir es peor a todas las anteriores.
Sin embargo, si preguntamos a nuestros mayores (entre los que me incluyo) veremos que cada generación ha pensado ¡exactamente lo mismo! Nuestros padres sintieron que el mundo estaba perdiendo valores y nuestros abuelos también dijeron que las cosas ya no eran como antes…. y así ha sido seguramente desde el tiempo de las cavernas.
El verdadero peligro
Llegado a este punto, esta reflexión debe llevarnos a la conclusión de que la nostalgia “no es mala” y que a veces es incluso “hermosa”.
En realidad, el pasado se convierte en problema cuando empezamos a vivir emocionalmente en él. Cuando dejamos de construir una vida nueva por seguir visitando mentalmente lugares que ya no existen. En fin, cuando seguimos atrapados en una versión desactualizada de nosotros mismos.
Recordar con cariño no debe significa querer volver atrás
Madurar quizá consista en aprender que el pasado puede ser valioso siempre que no lo convirtamos en prisión. Aceptemos que sí…. Qué hubo momentos hermosos, que hubo personas importantes, que existieron etapas que nos marcaron profundamente, pero que eso no las convierte en el punto más alto de nuestra existencia.
Quizás la pregunta más importante no sea “¿Por qué ya no tengo aquello?”. Estoy convencido que lo que todos debemos preguntarnos es “¿Qué parte de mí es todavía capaz de encontrar belleza en lo que estoy viviendo?”
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