Aunque nos duela, hay una frase que cuando la comprendemos significa casi siempre un alivio: “Todo aquello que no fue hecho para que formes parte de él, seguirá decepcionándote hasta que dejes de insistir”.
La sociedad actual nos ha enseñado a luchar por lo que queremos, a no rendirnos, a levantarnos después de cada caída. Y, sin duda, hay momentos en los que insistir es, no solo necesario, sino más que nada imprescindible.
Pero existe una frontera muy fina entre luchar por alcanzar u obtener algo y luchar contra lo imposible o contra aquello que no es lo que pensabamos. Hay momentos en la vida en los que deseamos tanto estar equivocados y que algo funcione, que dejamos de interpretar objetivamente lo que está sucediendo.
Insistimos en un contenido de trabajo que nos consume más de lo que nos aporta, en un proyecto político que nos decepciona, en una relación que dejó de hacernos bien, en una amistad que ya no es recíproca, o incluso en una versión de nosotros mismos que dejó de existir.
Y empecinados, no hacemos más que continuar intentándolo, sin entender que algunas decepciones no son obstáculos a superar, sino señales que descifrar, y que aceptar que no podemos tener todo lo que queremos no significa resignación, sino comprender que nuestros deseos no siempre coinciden con lo que la vida tiene preparado para nosotros.
Nos han enseñado que “quien persevera triunfa”, y es cierto. Pero nadie nos explicó que también existen situaciones en las que debemos saber cuándo dejar de luchar pues hay puertas que se abren con facilidad pero otras que por mucho que las empujemos, permanecen cerradas.
Soltar no significa que aquello que nos decepciona no haya sido importante y en realidad a veces significa precisamente lo contrario. Pero cuando algo o alguien necesita que lo justifiquemos constantemente, solo estaremos intentando mantener con vida algo que ya murió o que, en el mejor de los casos, lo está haciendo.
Por otra parte, no todo aquello que no podemos tener es una pérdida. Algunas cosas deben irse para dejar espacio a las nuevas. Algunas decepciones llegan para mostrarnos un camino diferente a tomar. Y algunas despedidas son necesarias para que podamos volver a encontrarnos con nosotros mismos.
Por eso, cuando la vida nos obligue a dejar ir algo que queremos, nunca deberíamos ser excesivamente duros con ella pues tal vez, solo está intentando evitar que pasemos el resto de nuestros días buscando algo que no mereciamos, que nunca fue nuestro o de lo que nunca debimos formar parte.
Como siempre, les dejo una frase para pensar, en espera de sus comentarios:
Hay cosas que, por mucho que las deseemos, nunca podrán tener un lugar en nuestra vida e insistir en ellas solamente prolonga la decepción.