Muchas veces décimos ella no trabaja, cuando nos referimos a alguien que, por las razones que sean, se dedica solamente a las tareas del hogar y, unido a esto, solemos escuchar otra afirmación que siempre la acompaña: no aporta económicamente nada. Pero realmente: ¿esa persona «no trabaja? ¿No aporta nada a la economía familiar? Sobre esto hablaremos hoy.
Quizá el problema no esté solamente en las palabras que utilizamos, sino más que nada en lo que esas palabras esconden. Cuando decimos que alguien «no trabaja» porque no recibe un salario, estamos identificando trabajo exclusivamente con empleo remunerado y no significan lo mismo.
En la mayor parte de los hogares el día a día se asemeja a la puesta en escena de un ballet silencioso y rutinario donde una persona mantiene todo en escena funcionando.
Alguien se despierta temprano, prepara el desayuno, ordena la casa, lava la ropa, hace las compras, cocina almuerzos y cenas, limpia y vuelve a empezar. Los niños llegan al colegio con todo lo necesario, las citas se recuerdan, las medicinas se compran y las necesidades familiares se atienden.
Pero lo más interesante es que este trabajo, que es esencial para que la familia exista, resulta prácticamente invisible precisamente cuando está bien hecho. Y quizá ahí esté una de las grandes paradojas del trabajo doméstico: cuanto mejor funciona, menos se percibe.
Por otra parte, seguramente todos hemos escuchado alguna vez esta frase:«Yo soy quien trabaja y quien mantiene la casa». Es una expresión que representa una visión todavía bastante extendida de considerar que quien aporta dinero es quien sostiene económicamente a la familia y que quien permanece en casa simplemente «no hace nada».
El problema de esta manera de pensar aparece cuando deja de ser una simple manera de expresarse y se convierte en una forma de jerarquizar a las personas dentro de la familia. Porque si uno piensa que «yo soy quien mantiene esta casa», puede terminar creyendo que tiene más autoridad, más capacidad de decisión o incluso más derechos que quien no aporta un salario.
¿Cuánto vale realmente el trabajo doméstico?
Imaginemos que la persona que realiza las tareas domesticas en nuestra casa decide que ya no va a hacer ninguna y que a partir de ese momento habría que contratar a otras personas para hacerlas: Hagamos un pequeño ejercicio mental….¿Cuánto costaría?
No es fácil establecer una cifra exacta porque depende del lugar, del número de personas que viven en la casa, de las horas dedicadas y de las características de cada hogar. Pero con ayuda de la IA podemos hacer una aproximación.
- Limpieza: Una limpieza ligera profesional cuesta unos 20 € por hora. Si se dedican 2 horas al día, serían 40 € diarios.
- Lavar ropa: El lavado, secado y planchado profesional puede costar alrededor de 12 € por carga. Dos cargas diarias equivaldrían a 24 € diarios.
- Cocinar: Contratar a alguien para preparar desayuno, almuerzo y cena puede rondar los 20 € por hora. Tres horas de cocina diaria suman 60 € diarios.
- Organizar la casa: Ordenar habitaciones y mantener todo en su lugar puede valorarse en 10 € diarios.
- Hacer compras: Hacer la compra diaria, transportarla y organizarla puede costar 12 € diarios.
Pues sí —y no se asombren demasiado—, el salario a pagar por las tareas del hogar superaría al día los 140 €, o sea, más de 4.000 € al mes (sin contar el llevar al cole y ayudar con las tareas si hay hijos).
Lo anterior prueba que el trabajo doméstico tiene un valor económico y que aunque no se refleje en un recibo o factura, quien lo hace existe.
Es bueno aclarar que esta omisión no siempre es intencional. Muchos han crecido en la idea de que solamente se trabaja cuando se generan ingresos, ignorando que cocinar, limpiar, lavar ropa y organizar no son actividades recreativas, son un trabajo tanto o más importante que ganar un salario, pues sostienen la vida diaria de toda la familia.
Finalmente, reconocer este esfuerzo no solo es justo, sino es también imprescindible para la salud de la relación de pareja pues debe implicar compartir responsabilidades, apoyar al otro y dejar de creer que solo trabaja quien ingresa en la cuenta bancaria.
Moraleja final:
Quienes miden el trabajo solo por el dinero que entra en la casa ignoran que mantener una familia viva, ordenada y alimentada es también trabajo, y que menospreciar ese esfuerzo, además de ser injusto, revela una visión limitada, pues seguramente coincidiremos en que «cualquiera es capaz de traer un salario, pero no todos saben y pueden mantener organizado un hogar».
Muy bien explicado, además súmale a eso, que en la mayoría de los casos, esa mujer también trabaja y aporta su salario 👏