El último lugar

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Una mujer pasó media vida persiguiendo sus sueños. Quería crecer, triunfar y construir el futuro que imaginaba. Su agenda siempre estaba llena de objetivos, proyectos, reuniones y nuevas prioridades. Cada día encontraba un motivo para aplazar lo que no parecía urgente, convencida de que todo aquel esfuerzo era, en el fondo, una forma de cuidar el mañana.

A su lado caminaba un hombre que nunca le pidió ser el primero. Sabía que había responsabilidades, dificultades y metas que requerían tiempo. Nunca quiso competir con sus sueños ni obligarla a renunciar a ellos. Solo esperaba no convertirse, una y otra vez, en aquello que siempre podía esperar.

Ella repetía con frecuencia las mismas frases: «Ahora no puedo», «Cuando termine esto estaremos más tranquilos», «Solo necesito un poco más de tiempo». Y él sonreía, porque amar también es confiar. Confiar en que ese «después» llegará algún día.

Durante mucho tiempo él comprendió sus razones. Comprendió el cansancio, la presión, las preocupaciones y los sacrificios. Pero poco a poco descubrió que comprender no siempre significa aceptar porque entender por qué alguien no puede estar contigo no elimina la tristeza de sentir que nunca trata de encontrar un momento para hacerlo.

Poco a poco dejó de esperar grandes gestos y empezó a nostalgiar las pequeñas cosas de las que nos habló Serrat: una conversación sin prisas, una comida compartida, una mirada que dijera: «Hoy estás por encima de todo lo demás». 

No era más tiempo lo que necesitaba, era sentir que, de vez en cuando, era una prioridad y no un hueco entre obligaciones. Y llegó el día en que dejó de insistir. No hubo una discusión definitiva. No hubo reproches ni puertas cerrándose de golpe. Solo un silencio que llevaba demasiado tiempo creciendo. Se marchó con la serenidad de quien ya ha agotado todas las formas de esperar.

Ella creyó que había sido algo momentáneo y se preguntó una y otra vez qué había cambiado, incapaz de hallar la respuesta que encontró mucho después: no lo había perdido por falta de amor, lo había perdido porque, casi sin darse cuenta, fue colocando siempre algo por delante de él. Nunca fue una sola gran decisión sino cientos de pequeñas elecciones que terminaron diciéndole, sin palabras, cuál era el lugar que ocupaba en su vida.

Entonces entendió una verdad que duele más que cualquier despedida: las prioridades hablan mucho más alto que las palabras y aunque hay personas capaces de aceptar no ser el centro de tu vida, lo que casi nadie soporta es vivir sintiéndose siempre el último de tus pensamientos, porque el cariño no solo necesita afecto, necesita también sentirse elegido.

Al final, nuestras prioridades no son aquello que decimos que es importante sino aquello a lo que decidimos dedicar nuestro tiempo. Y el tiempo siempre termina diciendo a quién amamos de verdad.

Moraleja: El cariño no solamente muere por falta de sentimientos, en ocasiones se desgasta cuando dejamos de sentirnos importante, pues nadie acepta eternamente pasar la vida ocupando el último lugar en la lista de quien dice querernos, sean las razones que sean.

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3 comentarios en «El último lugar»

  1. Es triste 😥 llegar a esa conclusión pero no todas las personas aman con la misma intensidad, creo q pde ser una de las causas de las prioridades

  2. Recuerdo una historia sobre el cantautor Joaquín Sabina, donde se refería a su compañera en la vida, siempre pasando desapercibida y la cual pensaba dedicarle atención en su retiro de los escenarios

  3. Caminar juntos es lo que esperamos de nuestra pareja, puede uno literalmente, estar o no al lado del otro, pero sí es necesario que la mente lo tenga archivado como algo especial , en el lugar que corresponde, ocupar ese lugar en la escala de valores que es solamente de él/ ella .
    Si no tiene mi talla , ni se acerca a mi estatura emocional, definitivamente no podemos correr en la misma pista porque la carrera es para acompañarnos no.para ganarle al otro.

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