Hace unos días participé en un culto cristiano y el pastor comenzó su predicación leyendo un Salmo bíblico sobre la diferencia entre hacer las cosas por rutina o hacerlas por placer. Lo dicho alrededor del pasaje me llevó a esta reflexión, que hoy comparto con ustedes.
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Muchos atribuyen el Salmo 122:1 de la Biblia al Rey David, quien nos dice: “Yo me alegré con los que me decían: A la casa de Jehová iremos” marcando de esta manera y desde la mirada religiosa, la diferencia existente entre el deseo de ir a la Casa de Dios a compartir la fe y la alegría que produce el hacerlo.
Sin embargo el contenido del Salmo invita a preguntarnos, desde en significado más amplio si en la vida cotidiana hacemos siempre las cosas porque tenemos que hacerlas, o porque encontramos una razón para querer hacerlas
Cuando la rutina ocupa el lugar del propósito
Nadie puede negar que la rutina es algo necesario en nuestra vida y nos permite y ayuda a organizar muchas de las tareas del día. Pero el problema aparece cuando se convierte en repetir acciones sin preguntarnos por qué las hacemos.
Vivimos pendientes de una lista interminable de obligaciones: llamar, visitar, trabajar, etc. y en cada caso seguramente haremos lo que corresponda hacer, aunque muchas veces olvidaremos el sentido o la razón de nuestras acciones. Muchas veces la costumbre mantiene viva una conducta o un actuar, mientras la motivación que le daba significado se ha debilitado.
El deber y “la delicia”
El deber nace de la responsabilidad o de la conciencia de hacer algo que nos corresponde mientras que el placer o «la delicia» aparece cuando encontramos satisfacción, alegría o sentido en lo que hacemos.
Visitar a nuestros padres puede ser una obligación, pero también puede ser una oportunidad única para disfrutar de su compañía. Escuchar a nuestra pareja puede ser una rutina aburrida de todos los día o una expresión sincera de interés y cariño.
En estos y otros casos parecidos, la acción exterior puede parecer la misma, pero existe una sutil diferencia que cambia nuestra manera de vivirla: Mientras el deber nos impone lo que nos corresponde hacer, la “delicia» nos permite descubrir el valor, la satisfacción o la alegría de hacerlo.
La cuestión no es elegir entre cumplir y disfrutar, sino evitar que el cumplimiento nos haga olvidar el propósito.
El propósito transforma lo cotidiano
En el trabajo podemos limitarnos a cumplir un horario, en la familia podemos atender nuestras obligaciones automáticamente y en la amistad podemos mantener el contacto por costumbre. Pero también podemos reconocer lo que aportamos trabajando, comprender que nuestros seres queridos necesitan más de lo que damos y valorar el vínculo que compartimos en la amistad.
El propósito no elimina el esfuerzo ni garantiza la felicidad, pero nos permite comprender por qué merece la pena intentarlo.
Vivir con intención
Nos acostumbramos tanto a regocijarnos con cada pequeño logro, que muchas veces olvidamos preguntarnos si tienen sentido, si responden a nuestros valores o siquiera si benefician a alguien.
Y no es que las respuestas a estas preguntas nos obliguen necesariamente a cambiarlo todo. Pero aceptar que la verdadera satisfacción no está en la acción de hacer, sino en comprender el por qué la hacemos, nos ayudará a vivir más plena y conscientemente.
Esto nos lleva a la frase de hoy:
La rutina nos ayuda a avanzar, pero el propósito da sentido a nuestro camino.
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