Decimos con demasiada frecuencia: «He perdido el tiempo». Lo decimos cuando una relación termina y sentimos que hemos dedicado demasiados años a alguien. Cuando descubrimos que aquel trabajo no era lo que buscábamos. Cuando miramos hacia atrás y pensamos que podríamos haber hecho más, vivido más o tomado otras decisiones.
Pero en realidad el tiempo no se pierde, simplemente se emplea y esta diferencia, aunque parece pequeña, cambia completamente la manera de mirar nuestra vida.
El tiempo no es algo que podamos guardar en un cajón para utilizarlo mañana. Cada minuto que pasa desaparece, pero no se pierde, pues lo hemos empleado en algo: trabajando, descansando, amando, equivocándonos, esperando, aprendiendo, preocupándonos, disfrutando o simplemente estando vivos.
Otra cosa completamente diferente es haberlo empleado bien o mal. Y es entonces cuando aparece una pregunta mucho más incómoda:
¿Empleamos bien o mal nuestro tiempo?
Pasar una tarde sin hacer nada, conversar con alguien que queremos, contemplar el mar, leer, dormir o simplemente dejar que la vida transcurra, puede ser una buena forma de hacerlo pues emplear bien el tiempo no siempre significa obtener cosas materiales y alimentar el espíritu es también una manera de hacerlo.
El problema aparece cuando empleamos nuestro tiempo en lo que nos hace daño. Cuando vivimos en aquello que nos aleja de nosotros mismos intentando controlar aquello que no depende de nosotros. Cuando vivimos pendientes de lo que otros piensan o permanecemos en lugares donde ya no queremos, estar únicamente porque nos da miedo marcharnos.
Entonces, cuando finalmente reaccionamos, solemos decir con tristeza: «He perdido tantos años…» Pero en realidad no se perdieron. Están ahí, solamente que ciertamente pudimos haberlos empleado mejor.
Y aun así, a la larga fueron provechosos pues nos enseñaron a resistir, a criar a nuestros hijos, a sobrevivir una etapa complicada. En fin con ellos aprendimos a buscar algo que todavía no sabíamos nombrar, pues incluso los años pasados que consideramos inútiles forman parte de quienes somos hoy.
Finalmente el tiempo tiene además una característica cruel: no podemos recuperar el que ya hemos empleado, pero sí podemos decidir cómo emplearemos el que queda.
Lo importante no es castigarnos por cómo utilizamos el tiempo pasado sino preguntarnos qué vamos a hacer con el próximo minuto, porque el pasado ya no necesita de nuestra culpa, pero el presente necesita nuestra atención y el futuro demanda nuestra decisión.
Por eso, quizá la frase más honesta no sea «no pierdas el tiempo», sino «Emplea mejor tu tiempo» pues siempre podremos elegir cómo hacerlo.