La intimidad en la pareja: Cuando amar no significa tener derecho a todo

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Hay comportamientos que aunque parezcan pequeños, nos obligan a reflexionar sobre los cimientos sobre los que se erige una relación. 

Hace poco conocí una historia de un hombre que esperaba a que la pareja se durmiera para con su huella digital desbloquear su teléfono móvil. Y lo absurdo del caso me invita a reflexionar sobre ello: 

Quizás lo verdaderamente importante, más allá de lo que hubiera podido o no encontrar, es que esperaba la inconsciencia de la otra persona para acceder a un espacio que ella no le había autorizado a compartir.

Y me pregunto: ¿en qué momento confundimos el amor con el derecho a saberlo todo?

La confianza no elimina la intimidad

Es cierto que en cualquier relación compartimos nuestros sentimientos, nuestros proyectos, nuestras preocupaciones y nuestros sueños, pero eso no puede significar que aceptemos renunciar a nuestra identidad individual.

Compartir la vida con una persona significa abrir para ella muchas puertas pero no nos convierte en propiedad del otro, ni transforma nuestra intimidad en un territorio de libre acceso.

Demasiado a menudo escuchamos aquello de que “quien no tiene nada que ocultar no tiene nada que temer”, pero no tener nada que esconder, no significa carecer del derecho a la privacidad.

Y esto nos lleva a un primer concepto: “La privacidad no es necesariamente un lugar donde escondemos algo. Es también el espacio donde nos permitimos ser nosotros mismos.”

Cuando los celos se disfrazan de amor

Detrás de una conducta como la que da comienzo a esta reflexión puede haber miedo a la infidelidad, algunas experiencias dolorosas o una necesidad compulsiva de control, pero siempre estará presente como causa principal una tremenda inseguridad personal.

No podemos saber lo que motivaba a aquel hombre, pero sí podemos – y debemos – distinguir las diferencias entre comprender sus temores y justificar sus actos. Sentir celos y tener dudas puede ser humano, pero lo que nunca resultará legítimo es convertir esos sentimientos en una “patente de corso” para invadir la intimidad ajena.

¿Y qué debería hacer ella?

Lo primero sería no minimizar lo sucedido y mucho menos justificarlo en nombre del amor. Debe preguntar por qué lo ha hecho, pero sobre todo, valorar si se reconoce el daño causado o si intenta justificarlo con el clásico «Si no tuvieras nada que ocultar, no te importaría».

Y si este último fuera el caso, debería tomarlo especialmente en serio, pues aunque perdonar es una decisión personal, recuperar la confianza es un proceso de ambos.

Amar también es sobre todo respetar los límites

Quizá la verdadera prueba del respeto en una pareja no aparezca cuando estamos ante ella, sino cuando tenemos la oportunidad de hacer algo a sus espaldas y creemos que es válido hacerlo. 

La verdadera prueba del respeto es la confianza de poder compartir una contraseña con la seguridad de que la otra parte nunca la va a utilizar sin nuestro consentimiento. Y por favor, no me digan que no es posible… Mi relación es una prueba de ello

Esta vez terminamos con un consejo de pareja: Quien desconfía debe conversar antes de investigar y quien comparte su vida nunca debe renunciar a su intimidad. Ambos deben cuidar la confianza, porque cuando esta se pierde, ni las contraseñas compartidas, ni los teléfonos abiertos, pueden recuperarla. 

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