La vida vista como una batería AAA

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El otro día, pensando en lo cansado que vivimos quienes pasamos los 80, me di cuenta de lo mucho que nuestra vida se parece a una batería AAA. Si no lo crees, continua leyendo

Niñez y adultez

Cuando se nace, viene con toda su carga disponible y la energía parece inagotable. 

En la niñez se corre, se salta, se pregunta y se juega sin pensar que esa reserva algún día disminuirá. Es una batería nueva, capaz de encender cualquier juguete y de iluminar cada rincón del mundo con su curiosidad.

Llega la adolescencia y no siempre nos damos cuenta que la batería comienza poco a poco a descargarse, aunque sigue teniendo fuerza de sobra para mover cualquier aparato que se le ponga por delante. Es la etapa de los grandes amores, de los sueños inmensos y de creernos  que nada es imposible. 

Después aparece la adultez. En ella la batería ya ha gastado parte de su carga, pero por lo general se une a otra para formar un sistema más poderoso, capaz de hacer lo que no podía sola.

Es el tiempo de construir proyectos y formar familias. La energía individual es menor que antes, pero la suma de dos voluntades permite alimentar máquinas mucho más grandes que las que cada una podría mover por separado.

La vejez

Con los años llega la tercera edad, donde comienza a notarse que la carga de que dispone es cada vez más pequeña. Ya la batería no puede alimentar muchos de los aparatos que antes movía sin esfuerzo. Ahora el cuerpo y la mente empiezan a imponer fronteras y las conversaciones se acortan por cansancio y los abrazos duran  menos de lo que el corazón querría.

En esta etapa, aunque aún conserva algo de energía, la batería debe administrar su carga restante con cuidado pues ya no puede responder de igual manera a todas las demandas afectivas, familiares o personales que surgen. Se ama igual o incluso más, pero eso  no se puede traducir en presencia constante o disponibilidad total.

Y por último llega el momento en que la vida de la batería se mide solamente por lo que ya no puede mover o alimentar. Llegan los 80 y la batería que antes movía el mundo, apenas conserva carga suficiente para una pequeña luz… Para lo esencial, para lo que no exige esfuerzo, sino solamente presencia: para una sonrisa que aparece sin prisa, para una historia repetida muchas veces a un nieto o incluso para ese deseo un poco ingenuo, casi infantil, que todavía se cuela de vez en cuando y recuerda que dentro sigue habiendo vida, aunque sea en voz baja.

En esa etapa, muchas cosas que antes parecían importantes dejan de tener espacio simplemente porque ya no hay energía para sostenerlas. Lo que queda no es una vida vacía, sino una vida reducida a lo que realmente puede ser vivido sin agotamiento y poco a poco, incluso esas pequeñas luces que aún se encienden empiezan a parpadear con más frecuencia, 

Pero llega el momento inevitable en que la energía se agota. De forma natural  y finalmente, con poco o ningún drama, la bateria se queda sin carga para hacer funcionar, amores, deseos o sueños y termina su vida útil como un trasto más entre los recuerdos de quienes la utilizaron.

Conclusiones

Hasta aquí hemos hablado de similitudes pero antes de terminar deberíamos dejar claro también la mayor y única diferencia. El valor de la vida de una persona, a diferencia de la de una batería AAA no está en cuánto dura, sino en todo lo que logró iluminar o mover antes de apagarse definitivamente porque…

No podemos evitar que la carga disminuya, pero sí decidir en qué empleamos cada porcentaje de energía que la vida nos concede. 

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