«Dios quiera que pueda hacerlo».
Decimos esta frase casi sin pensar, como una expresión de esperanza, pero también puede esconder una pregunta interesante: ¿qué esperamos realmente cuando decimos “lo que Dios quiera”?
Cuántas veces la hemos pronunciado cuando tenemos algo pendiente, cuando esperamos que suceda algo importante o cuando las circunstancias parecen estar fuera de nuestro control.
Imaginemos un hecho que conozco perfectamente, relacionado con algo tan sencillo como una gestión . Alguien que me dijo el otro día conversando sobre la necesidad de entregar unos papeles para un trámite: «Dios quiera que pueda entregarlos a tiempo».
Pero si creemos que Dios nos dio ojos para ver, manos para hacer y una mente para pensar, ¿no será precisamente nuestra responsabilidad utilizar esos recursos?
¿Debemos levantarnos, preparar los documentos, informarnos, pedir ayuda si la necesitamos y hacer todo cuanto esté en nuestras manos con las herramientas que él nos dió, ? O por el contrario ¿Deberíamos confiar – y por lo tanto esperar – que Él lo haga?
Y en la respuesta que demos a esa pregunta, tal vez esté la diferencia entre esperar por Dios y caminar con Dios.
Esperar significaría quedarnos inmóviles, confiando en que algo sucederá. Caminar, en cambio, sería actuar, tomar decisiones y asumir riesgos, aceptando que incluso haciendo las cosas bien, no siempre obtendremos el resultado que deseamos.
Y es precisamente entonces cuando «lo que Dios quiera» puede adquirir otro significado: No una frase para justificar nuestra falta de esfuerzo, sino una manera de admitir que hay cosas que dependen de nosotros y otras que no.
Podemos decidir qué hacemos, cuánto luchamos, cómo tratamos a los demás y cuánto empeño ponemos en aquello que queremos conseguir. Pero nunca podremos controlar todas las circunstancias que terminarán colocandose frente a nosotros.
Por eso, quizá, realmente no haya que elegir entre hacer nuestra parte y confiar ,pues ambas cosas pueden convivir y de hecho lo hacen.
Hacer y Confiar.
Podemos cuidar a alguien y perderlo. Podemos trabajar durante años por un sueño y descubrir que las circunstancias nos llevan por otro camino. Podemos amar, luchar, confiar y, aun así, encontrarnos frente a una realidad que no hemos elegido.
Es entonces cuando cada uno encuentra su propia manera de justificarla. El creyente dirá «Fue la voluntad de Dios» y quien no crea se justificará con un «El destino lo quiso asi». Sin embargo – y en el fondo -, ambos se enfrentan a lo mismo: están en el lugar o la situación donde termina nuestra capacidad de decidir. Y es en ese momento que cada cual tendrá su propia respuesta.
La verdadera fe no puede basarse solamente en esperar que consigan o hagan por nosotros lo que pudiéramos hacer. Debe consistir en tener la capacidad y el valor de hacerlo nosotros mismos y a la vez, la humildad y la comprensión necesaria para aceptar el resultado que ello traiga..
Como siempre termino con una frase para reflexionar:
Hacer lo que depende de nosotros, confiar en aquello que nos da esperanza y aceptar, con humildad, aquello que nunca estuvo completamente en nuestras manos.