El amor tiene tantas formas, como etapas tiene la vida misma, pues no es una sola emoción, sino un bosque de sentimientos que cambian con el tiempo y se van adecuando y adaptando a nuestros momentos, a nuestros deseos y nuestros dolores y alegrías.
Amar no siempre se siente igual. Es un verbo que se conjuga de manera diferente de acuerdo al momento en que aparece y a la persona con quien se comparte, pero que en todas sus versiones conserva una misma esencia: el anhelo de encuentro, de unión de sueños y de compartir deseos y placeres.
Por lo general, los amores cuando nacen lo hacen corriendo. Surgen de un fuego primario y desconocido que enciende el deseo y nos hace sentir vivos, de un sentimiento que arde en la piel, alimentándose del descubrimiento y de la urgencia. En ellos, el placer tiene un papel central, pues es exploración, es afirmación, es conquista.
Pero con el tiempo el amor aprende a aminorar la marcha y – sin detenerse -, descubre que el placer y el deseo no son solo una cuestión física y que se desarrollan también en lo emocional, espiritual y cotidiano y entonces se va volviendo menos ansioso o exigente. Aprende a disfrutar de la compañía, de la confianza y hasta de los silencios, y en esa transformación deja de ser fuego que quema y asfixia, para convertirse – cada vez más -, en hoguera que acompaña, sostiene y brinda calor.
Deja de habitar solo en el cuerpo y sin abandonarlo, se instala también en la mirada, en la complicidad, en la ternura que crece, en la caricia furtiva y esperada, pues los años enseñan que amar es no solo desear y poseer, sino también cuidar mantener.
Muchos creen que en el amor el placer y deseo desaparecer con las arrugas o la pérdida de fuerzas, pero no es cierto: lo que cambia es su forma de encenderse y de explotar. Con los años, ambos se vuelven más sabios, más serenos. Ya no corren, caminan, y solamente modifican la manera en la que los sentimos y compartimos, perfeccionando nuevas vias de alcanzarlos.
Con el tiempo, ambos se nutren cada vez más de esas “pequeñas cosas” que nos decía Serrat: una conversación larga, una caricia lenta, un beso como al descuido, una risa compartida, un recuerdo que vuelve con ternura. Viven en la capacidad de poder seguir mirando al otro con asombro y de descubrirlo nuevamente en la cotidianidad, aunque lo conozcamos de memoria.
Y es que el placer y el deseo no son cosa de juventud o de técnicas sexuales, sino de actitud. De no dejar que la rutina se convierta en silencio. De no dejar de cultivar la curiosidad, la ternura y el humor. En fin, de mantener viva la complicidad, de seguir mirándose con interés y más que nada, de tocarse con intención.
Ambos necesitan menos cuerpos perfectos y más presencia real. Con la edad, la piel puede perder firmeza, pero la mirada gana profundidad. Y cuando el cuerpo ya no responde como antes, el alma aprende a amar con otros sentidos: con la voz, con la memoria, con el gesto, con la paciencia y por qué no, con la curiosidad.
Amar no es cuestión de edad, sino de actitud. Es mirar al otro y con la serenidad de quien ha vivido mucho, desear decirle:
«Te deseo, no por lo que fuiste o hicimos, sino por lo que aún somos capaces de ser y de hacer cuando estamos juntos«.
Miy bonita reflexión. Pobre del que se le acabe el amor.
El amor no tiene edad y cuando es verdadero permanece.