Las luciérnagas de la noche: Pensamientos de un anciano al acostarse

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Al acostarnos, cerramos los ojos no solo para dormir, sino también para volver a caminar por la vida. De esas alegrías, deseos, temores y realidades trata la historia de hoy

La fábula de don Mateo y las luciérnagas

Noche por noche, cuando la casa quedaba en silencio, don Mateo apagaba la lámpara de cabecera y apenas lo hacía, la habitación se llenaba de pequeñas luciérnagas.

Pero no eran como las que a veces alumbraban su patio, estas eran diferentes y cada una le regalaba un color distinto.

Las doradas eran las alegrías: la risa de sus nietos, la voz de su esposa llamándolo a cenar, el abrazo inesperado de un amigo, una tarde de lluvia invernal. Con ellas don Mateo sonreía en la oscuridad.

He vivido mucho —se decía—. Mucho más de lo que soñé—.

A aquel color agradable se sumaban las luciérnagas grises. Eran las de los temores, las que le susurraban el miedo a no recordar nombres, rostros e incluso olvidar quién había sido.  Y entre ellas estaba la más silenciosa de todas, aquella que se detenía junto a la ventana y le hablaba del temor más antiguo: el no despertar. 

Don Mateo miraba esta última sin odio pues sabía que visitaba a todos los humanos desde que nacemos, aunque solo los ancianos se fijan en ellas, y casi con ternura les susurraba a todas:

—Ustedes no son enemigas sino amigas que me recuerdan que cada noche nueva se merece gratitud.—

Después llegaban las luciérnagas azules, que eran las de los deseos. Deseos de ver florecer una vez más el rosal del patio, de que sus nietos transitaran caminos menos duros que los suyos. Deseos de volver a abrazar por un instante a quienes ya se habían ido o incluso de saberse vivo con el suave temblor de una piel amada bajo los dedos.

Gracias por no abandonarme — murmuraba don Mateo— Porque mientras una de ustedes esté, no seré del todo viejo.

La realidad

Entonces, justo antes de quedarse dormido, aparecían las luciérnagas rojas, las de la realidad. Las que le recordaban el bastón junto a la cama, la respiración cansada, los silencios largos de la casa. Y a esas con una serenidad nacida de muchas noches, les decía en voz muy baja:

—Sé que  vienen a decirme que aunque con los años la vida cambia de rostro, eso no la hace menos hermosa.

Finalmente, dirigiendose a todas las luciérnagas que danzaban a su alrededor pensó:

—Gracias por estar aqui y recordarme que la vejez está llena de todas las luces que hemos ido trayendo con nosotros — 

Y como cada noche, aceptó el reto que solo «ella» conoce… Cerró los ojos para dormir, sin saber si esta vez sería hasta el alba o para siempre

Moraleja

Mientras haya memoria, ternura y deseo de sentir, la vida sigue encendida incluso en la noche más avanzada de los años.

3 comentarios en «Las luciérnagas de la noche: Pensamientos de un anciano al acostarse»

  1. Muy bonita reflexión.
    Los que nos dormimos a penas poner la cabeza en la almohada no vemos laa luciérnagas y damos gracias a Dios por el día vivido, por la vida y también por el día siguiente. Dormimos siempre confiados en que el amanecer será lindo y lleno de bendiciones. He ahí la diferencia.

  2. 🥹❤️🙏

  3. Bonita reflexión, dichosos los que podemos ver todos los colores de las luciérnagas, un beso tqm 🥰

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