Todos cargamos con puertas cerradas que guardan heridas, abrazos y palabras que el tiempo no logró borrar. Esta historia habla del momento en el que comprendemos que el verdadero peligro no está en abrirlas, sino precisamente en no hacerlo.
Un pasillo de recuerdos prohibidos
Elías vivía en una casa que tenía un pasillo largo y estrecho, flanqueado por puertas siempre cerradas que guardaban fragmentos de su vida, recuerdos que temía se colaran en su presente y rompieran la calma que había logrado construir.
Desde niño había aprendido que los recuerdos podían ser traicioneros. Una canción escuchada al azar, un olor familiar o la simple visión de un objeto comun, podía traer consigo un torbellino de emociones que alteraba todo y con el tiempo llegó a convencerse de que la única forma de mantener el presente intacto era ponerle llave al pasado.
Cada puerta cerrada guardaba un trozo de memoria. Algunas que contenian un error, un fracaso o una pérdida que ya había cicatrizado, eran fáciles de bloquear. Otras, las que guardaban recuerdos de frustraciones o de amores perdidos, no lo eran tanto, pues tenían un fuerte sabor a nostalgia.
Con el tiempo logró convertir el pasillo en un lugar donde la tranquilidad y la melancolía coexistían en un frágil equilibrio, aunque a decir verdad, las mismas puertas cerradas que protegían a Elías de lo que podría dañarlo, lo aislaban también de las alegrias que en ocasiones había construido.
A veces, en la soledad de la noche, podían escucharse lamentos o risas, como si detrás de las puertas la memoria reclamara la atención que durante años se les había negado, pero hacerlo significaba correr un riesgo que él se resistía a afrontar.
El día que Elías dejó salir al pasado
Sin embargo, una tarde, mientras recorría el pasillo, se detuvo más de lo habitual frente a una puerta en particular y sintió cómo un recuerdo intentaba filtrarse con una extraña suavidad desde el otro lado… y lo reconoció.
Era la voz de su padre, hacía ya más de 60 años, cuando durante una de las habituales discusiones por política le decía aquella frase que los había separado por años: “Hijo, nadie da peso por peseta”. Al oírla , Elías sintió una nostalgia tan inmensa que, sin pensarlo, abrió de golpe la puerta con el deseo profundo de volver atrás en el tiempo, de abrazarlo y de decirle: “Viejo, discúlpame, tenías razón”…. pero solamente eras un recuerdo.
Y entonces comprendió su error. Comprendió que abriendo las puertas no se exponía al dolor, sino que por el contrario integraba su pasado en el presente. Comprendió que los recuerdos no eran enemigos a contener, sino aliados que daban sentido a lo que somos hoy y en ese instante decidió que había encontrado el momento de liberarlos y enfrentarse a ellos.
Algunos recuerdos no fueron fáciles de aceptar, es cierto, y más de uno le provocaron lágrimas. Pero todos le recordaron que la historia estaba hecha de esos momentos aislados y que si queremos aprender de ellos, debemos dejarlos libres para disfrutarlos, en lugar de encerrarlos para intentar olvidarlos.
Y con cada puerta que abría, el pasillo se transformaba. Dejó de ser un corredor frío y silencioso, para convertirse en un lugar vivo, lleno de emociones … Y, por vez primera vez, Elías caminó por él sin temores.
La moraleja que nos deja esta historia
Algunos gustamos de caminar por la vida manteniendo cerradas las puertas que guardan recuerdos para protegernos de ellos, hasta que un día descubrimos que el pasado no es un enemigo a evitar, sino un aliado que guía, inspira y nos permite caminar con plenitud el presente.
A veces, todo lo que necesitamos para dejar que lo que fuimos nos ilumine, es simplemente … VALENTÍA
Y tú, ¿qué puerta sientes que ya es momento de abrir? Te invito a compartirla en los comentarios.
Muy buena reflexión.
Creo que todas mis puertas están abiertas al pasado y al presente
Ha sido uno de los escritos mas bellos q has publicado, es la vida misma, es comprender cdo se envejece, es disfrutar de lo bueno y lo no tanto desde la comprensión q nos dan los años.