Había un hombre llamado José que aseguraba con orgullo que no era romántico. “Las flores se marchitan, las palabras dulces son cursilerías, y el amor es puro drama”, aseguraba.
Vivía en una casa con un pequeño jardín que solo tenía cactus, piedras decorativas y plantas secas. “Algo práctico y que no crea complicaciones”, se decía a sí mismo.
Un día se mudó una nueva vecina a la casa de al lado. Amante de los libros y las flores, Marta tenía un jardín que rebosaba vida y colores, y acostumbraba regarlo tarareando alegres canciones.
Cada mañana el viento traía hasta la cerca que separaba los dos jardines, el perfume de las flores y la risa de la vecina, algo que a José molestaba un poco – o al menos eso decía-, aunque pronto comenzó a encontrar excusas para salir justo cuando ella lo hacía.
Un día, Marta lo sorprendió con el regalo de una pequeña maceta con una rosa amarilla. “Para darle un poco de alegría a tu jardín tan oscuro” le dijo sonriendo.
José se sintió incómodo y no quería aceptar el obsequio, pero al verla tan sincera, no pudo negarse, aunque colocó la maceta en una esquina del portal, convencido de que la planta no duraría mucho.
Sin embargo, la rosa no solo no murió, sino que un día lo sorprendió con una bella flor, y casi sin darse cuenta, José comenzó primero a admitir su presencia y después a cuidarla.
La regaba, le quitaba las hojas secas y hasta encontró un lugar con un poco de sombra para protegerla cuando el sol estaba demasiado fuerte.
Y así, poco a poco, su jardín comenzó a cambiar. Donde antes había solo cactus, aparecieron flores nuevas y en ocasiones podía escucharse música suave salir de su ventana.
Un día Marta y José coincidieron en la cerca… ¿Ves? Le dijo ella. Al final, sí que tienes alma de jardinero, a lo que él, sonriendo, le respondió:
“No es que no me gustaran las flores” … “Era que tenía miedo de cuidar algo, que pudiera marchitarse y morir”. «Tenía miedo de a la larga sufrir»
Y he aquí la moraleja de esta historia.
A veces, lo que creemos una debilidad – como el ser romántico, por ejemplo – es algo que realmente puede hacernos felices si nos abrimos a ello. Negar lo que somos o sentimos, no lo hace desaparecer, solo lo esconde.