Reconciliación con nuestros errores cuando envejecemos

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Hace unos días, un sobrino me preguntaba si me arrepentía de algo de lo que había hecho en mi juventud y la pregunta me hizo pensar y filosofar un poco personalmente. Les comparto los resultados.

La edad nos lleva a un momento en que los años pesan más que los días. Es cuando el tiempo deja de correr, la dama de la guadaña se sienta a nuestro lado, observándonos con calma, y el «yo» que ha soñado, vivido, confiado, amado, fallado y perdonado, empieza a mirar atrás con el deseo de comprender y aceptar lo que fue nuestra vida.

En ese punto, los más honestos nos encontramos frente a una pregunta silenciosa: ¿Qué hacer con los errores cometidos, con las decepciones acumuladas, con las decisiones mal tomadas o con las palabras no dichas, mientras esperamos el final del viaje? Y esta, no es una pregunta sencilla, pues significa no solamente soltar el lastre, sino, en muchos casos, aprender a reconciliarse con uno mismo.

El peso de aceptar lo que fue

Con las canas la memoria se convierte en una suerte de espejo que unas veces refleja con ternura los momentos de amor y éxito, mentiras que en otras nos devuelve con tristeza o dolor decisiones mal tomadas.

Es cierto que los errores cometidos no pueden deshacerse, pero también es real que no debemos permitir que sean una carga dolorosa. Aceptarlos conscientemente, no significa estar de acuerdo con todo lo hecho, aunque necesariamente no justifiquemos sus resultados finales.

En fin, no debemos mirar nuestra historia con complacencia, pero tampoco debemos hacerlo con odio, pues cada acierto o error fue cometido por el joven que era entonces,  en las circunstancias que vivía entonces y con el convencimiento, las emociones y las vivencias de entonces. 

Vivir es comprender

El primer paso para alcanzar la paz con nosotros mismos será siempre dejar de  juzgar las acciones del pasado con los ojos del presente, pues lo que hoy nos parece claro, ayer nos lo parecía también.

Por otra parte, nuestra actitud ante los errores del pasado no debe ser la de un juez que condena, sino la del sabio que comprende, pues mientras el primero busca culpables a quienes castigar, el segundo trata de encontrar sentido de lo hecho, algo que finalmente nos liberará.

¿Qué responder entonces a ese sobrino que me preguntó?

Le diría que no puedo sentir arrepentimiento. Que aunque es cierto que en algunas ocasiones pude o debí haber decidido y actuado diferente, siempre fui honesto conmigo mismo. Que pude haber confiado menos en promesas, que debí haberme dejado llevar más por la  razón que por los sentimientos. Que debí haber comprendido a mi padre cuando me dijo <Óscar, nadie da peso por peseta>.

Que unas veces acerté y otras me equivoqué, pero que, sin hacerle daño a nadie, siempre viví de la manera que en cada caso consideré más justa. En fin, le diría que como dice el refrán: “lo hecho, hecho está” y que el tiempo no puede devolverse, aunque hoy algunos resultados nos traigan culpas y las decepciones duelan.

Pero hablar de culpas por cosas que hubiera preferido hacer de otra manera es un tema diferente que buena parte de mi generación comparte y del que quizás un día me anime a conversar,