Hoy enfrento nuevamente un pensamiento que he tratado de esquivar desde siempre: la muerte no esperada, esa certidumbre que nos acompaña desde que tenemos conciencia de ella, pero que rara vez dejamos entrar en la vida diaria.
El diagnóstico fatal de alguien cercano me ha obligado a volver a sentir como cercana esta dolorosa verdad. Por un lado, es cierto que todos nacemos para morir un día, por otro, también es cierto que no es lo mismo convivir con esa posibilidad cotidiana y real, pero abstracta, que recibir la certeza de que la muerte ha colocado un marcador en nuestro calendario, aunque no sepamos la fecha exacta.
Desde pequeños entendemos, de manera impersonal y abstracta, que la vida tendrá algún día un final, pero esta idea suele quedarse suspendida en un futuro lejano, casi imaginario. Crecemos, hacemos planes, discutimos asuntos menores, aplazamos conversaciones importantes porque sentimos – sin decirlo – que siempre habrá un mañana disponible. La posibilidad de morir, cuando no tiene rostro ni urgencia, se vuelve un concepto teórico: sabemos que está ahí, pero no determina nuestras decisiones diarias.
Sin embargo, todo cambia cuando la muerte nos recuerda que puede dejar de ser una probabilidad para convertirse en una proximidad y transforma aquella noción distante en una certeza que se convierte en el centro de la vida cotidiana.
Ya no es “algún día”, es “pronto” y esa diferencia es abismal. La mente, que antes caminaba confiada, empieza a moverse entre preguntas que nunca se habían planteado con verdadera urgencia: ¿Qué significa, realmente, despedirse? ¿Qué cosas quedan por decir? ¿Qué pasará cuando yo no esté? ¿Qué se siente al saber que el tiempo empieza a quedarnos corto?
Ver a alguien atravesar este proceso también nos confronta con nuestra propia fragilidad y no solo sentimos la anticipación de la pérdida del amigo, sino que al mirarnos en ese incómodo espejo recordamos que nada de lo que damos por sentado, está garantizado y en ese sentido, el impacto emocional es doble: sufrimos por la persona que estimamos y, al mismo tiempo, despertamos la vulnerabilidad que siempre ha estado dormida en nosotros.
Aceptar esto no significa tener que vivir con miedo, pero sí comprender que cada momento de la vida tiene un peso diferente y que la oportunidad de acompañar, de escuchar, de sostener, y también de agradecer, adquiere una importancia distinta en cada uno de ellos.
El dolor que trae la muerte inesperada no es solo la tristeza de perder a alguien querido, es también el desorden que provoca en nuestro mundo y en la manera de ver y vivir todo lo que nos rodea. Pero a la vez ese triste desorden nos abre un espacio para la lucidez, para recordar que vivir no es otra cosa que movernos constantemente y que “hacemos camino al andar” sin plazos y fechas prefijados.
Quizás esta sea la enseñanza que la vida esté tratando de dejarnos: No podemos controlar cuándo nos llegará la muerte, pero sí podemos – y más que nada debemos -, por una parte, apoyar a quien enfrenta esa realidad para que se sienta acompañado y querido en su despedida y por otra, decidir cómo andar de la manera más feliz y productiva posible el camino que nos queda transitar, viviendo cada instante como lo que en realidad puede ser: el último.