Las ilusiones que sostienen la vejez

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La vejez suele contarse como la pérdida de salud, autonomía y fuerza física.

Pero más allá de los cambios biológicos, envejecer es una experiencia profundamente social, que depende de los vínculos que se conservan, los roles que se mantienen y, sobre todo, de las ilusiones que se logran sostener.

Las ilusiones en la vejez no son fantasías ingenuas, son aquello que da sentido al día a día, una expectativa, una relación, una actividad o una pequeña espera pues cuando los grandes proyectos vitales dejan de ocupar el centro y muchos roles sociales desaparecen, ellas se vuelven esenciales.

Un ejemplo claro es el cuidado de mascotas. Para muchos mayores, un animal introduce rutina, afecto, responsabilidad y compañía. Desde fuera puede parecer menor, pero sociológicamente representa la recuperación del rol de cuidador y cuando ese vínculo se pierde, el impacto supera el duelo emocional, se pierde propósito y con ello la razón para mantenerse activo.

Otra fuente central de ilusión son los nietos. Esperar una visita, una llamada o una fotografía organiza el tiempo y genera expectativas. Ellos representan legado y continuidad dentro de la historia familiar.

También existen ilusiones más silenciosas, como una amistad especial o alguien en quien pensar antes de dormir y estas experiencias, aunque discretas, confirman que el deseo y la capacidad de vinculación no desaparecen con la edad y mantienen activa la dimensión afectiva.

En el plano intelectual y social, escribir, mantener un blog u organizar pequeñas actividades no son pasatiempos accesorios, sino formas de seguir presentes en el mundo, pues estimulan la mente y devuelven la presencia en una sociedad que tiende a invisibilizar a los menos jóvenes.

Pero no hace falta acumular ilusiones. Puede bastar con una de ellas, siempre que organice los días, proteja la salud mental y mantenga un vínculo con el futuro, pues cuando existen expectativas, el tiempo no se percibe como un desgaste sino como continuidad.

Sin embargo, el problema surge cuando las ilusiones desaparecen y no se reemplazan: la muerte de una mascota, el distanciamiento familiar o afectivo, la pérdida de capacidades o la exclusión tecnológica generan aislamiento, apatía y deterioro, convitiendo la vida en espera, y una espera sin horizonte erosiona incluso los cuerpos más resistentes.

Por eso es fundamental reconocer, respetar y alimentar las ilusiones de las personas mayores sin ridiculizar sus rutinas o minimizar sus afectos. 

Pero esta reflexión no habla solo de los ancianos. Habla también del deber de todos para con ellos, pues una sociedad que no cuida de las ilusiones a sus mayores envía un mensaje sobre el futuro a quienes algún día dejarán de ser productivos o visibles.

La pregunta no es solo qué sostiene a los ancianos. Deberíamos preguntarnos, también, qué tipo de vejez estamos construyendo si no tenemos lo anterior en cuenta.

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