En días pasados hice una reflexión sobre la Reconciliación con nuestros errores cuando envejecemos y la terminé reconociendo que, sin embargo, hablar de culpas por cosas que hubiéramos preferido hacer de otra manera era un tema distinto para una buena parte de mi generación. Hoy intentaré explicarlo un poco mejor.
En el ámbito personal, político y social, todos tomamos decisiones en la vida. Defendemos ideas, apoyamos causas y nos posicionamos en lo que creemos justo, de acuerdo con nuestras convicciones, nuestra educación, nuestras esperanzas y, muchas veces, también desde nuestros miedos. Decidir es inevitable; no hacerlo, en realidad, también es una forma de decidir.
Pero el tiempo —con su forma implacable y silenciosa de devolvernos las consecuencias— termina mostrándonos que no siempre esas decisiones produjeron los resultados que imaginamos o por los que luchamos. Y es entonces cuando aparece una grieta interior: el pasado deja de ser solo recuerdo y se convierte en pregunta y surge un nuevo sentimiento emocionalmente más perturbador: el deseo de haberlo diferente”
Como decíamos en el artículo anterior, el haber hecho algo convencido de su justeza suele surgir cuando apoyamos una idea que no cumplió las expectativas que teníamos. No es una culpa profunda, es más bien una decepción porque actuamos desde una intención honesta, con la información y la conciencia que teníamos en aquel momento. Duele, sí, pero permite seguir adelante sin que la identidad quede completamente fracturada.
Muy distinto es el sentimiento que aparece cuando no solo fallaron nuestras predicciones, sino que nuestras decisiones contribuyeron —directa o indirectamente— a consecuencias que hoy nos incomodan, nos avergüenzan o nos duelen profundamente. Aquí la frase interior ya no es “me equivoqué”, sino algo más corrosivo: “debí hacerlo diferente”.
Este “debí hacerlo diferente” no se queda en el pasado pues de hecho se instala en el presente y lo condiciona. Es una emoción que reaparece en conversaciones, en noticias, en recuerdos aparentemente ajenos. No es solo un lamento; es una herida moral que se reactiva y duele cada vez que constatamos que aquello que respaldamos dañó a otros, debilitó derechos que valoramos, contribuyendo a un clima social y político que hoy también nos afecta a nosotros.
Aquí no basta con decir “no imaginé que podía pasar” y la incomodidad nace de reconocer que, aun sin mala intención, fuimos parte de algo que hoy no reconocemos como propio y esa constatación suele traer consigo consecuencias emocionales duraderas: culpa silenciosa, enfado con uno mismo, desconfianza hacia nuestras propias certezas y, en algunos casos, un retraimiento que lleva a no querer volver a implicarse por miedo a repetir errores.
Este tipo de sentimiento tiene además un impacto personal profundo. Afecta a la forma en que nos miramos al espejo y a cómo contamos nuestra propia historia pues crea y alimenta una fisura entre el constructor que creíamos ser y lo que hoy vemos que ayudamos a construir.
Este deseo de no haber apoyado o participado en decisiones que generaron efectos contrarios a nuestras convicciones tiene una dimensión claramente ética y como no solo cuestiona la eficacia de lo que hicimos, sino el lugar que ocupamos en ello, nos obliga a revisar no solo el qué decidimos, sino también el por qué confiamos, qué señales ignoramos y qué renuncias hicimos a pensar críticamente.
Sin embargo, este sentimiento, aunque doloroso, también contiene la posibilidad de convertir el malestar en conciencia. El “debí hacerlo diferente” puede paralizar, pero también puede y debe transformarse en una vigilancia interior más activa, en una mayor exigencia hacia discursos simples y soluciones milagrosas, en una negativa a delegar completamente el juicio propio, a tener mente fría aún con el corazón ardiente.
Porque al final, tanto el no arrepentirnos de algo por haberlo creído en su momento justo, como este deseo más profundo de no haberlo hecho, deben convertirse en herramientas valiosas para no quedarnos atrapados en el pasado y aprender a elegir mejor en el presente y sobre todo para cuestionar más, incluso aquello que brilla como oro… especialmente cuando promete demasiado y exige pensar poco. pues como un día me dijo mi padre: “Nadie da pesos por pesetas”