Dos novias, el accidente y un desmayo oportuno

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Con la edad y la nostalgia estoy desarrollando un impulso senil de compartir viejas historias 🙂 . Aqui les va otra que tiene algo de cómico y mucho de inmadurez, pero que también nos muestra lo fragil que puede ser la vida. Es una historia que sucedió hace casi 65 años

En los años sesenta del siglo pasado, cuando el Vedado era un hervidero de esquinas vivas, balcones curiosos y muchachos creyéndose eternos, él cumplía dieciséis años. No era una edad cualquiera: era la edad de la imprudencia gloriosa, de la fe ciega en que nada malo nos puede pasar.

El padre le habia regalado por su cumpleaños una scooter. Una moto ruidosa, pequeña, orgullosa, que pedia a gritos no ser parte de lo sensato. Él no tenía licencia de conducir, pero tenía algo mucho más peligroso: la convicción absoluta de ser inmortal.

Así empezó a recorrer Vedado arriba y Vedado abajo, con el viento en  la cara y el ruido del motor anunciando su llegada como una fanfarria. Desafiaba semáforos, esquinas y a la propia suerte, que ya empezaba a mirarlo con una sonrisa algo torcida.

No era un Adonis. No tenía un físico que hacía girar cabezas de inmediato, pero poseía un don más eficaz: hablaba. Y hablaba bien. Tanto, que acostumbraba a decir que «si lo dejaban empezar, no lo ahorcaban». Se enamoraba con facilidad, quizá demasiada, y sin darse mucha cuenta, también enamoraba.

En un momento dado el destino, chistoso cómo siempre, decidió cruzar (por primera vez) dos chicas al mismo tiempo en su camino y él, a decir verdad, ni siquiera pensó en apartarse. Una de ellas – llamémosla Betty – , fue su primer amor de adolescente. Ese que queda como el  descubrimiento de los besos y las caricia, aunque el tiempo siempre haga su trabajo de desgaste.

La otra era el fuego del cuerpo. No recuerda siquiera su nombre, pero sí la intensidad de lo que era pasión en estado bruto y más que nada, el desafio a la cordura que significaba.

Y así las cosas, un día – que terminaría no siendo uno cualquiera – el chico, llamémosle Oscar, decidió pasar con su ruidosa scooter por la calle donde vivía Betty pues quería verla, aunque como buen LEO quería, tanto o más, que ella lo viera a él.

Mirando al balcon en lugar que a la calle, llego a la esquina de 21 y A y la vio recostada a la barandilla….. y ese instante lo cambió todo. No frenó en el Pare. No pensó. No midió riesgos y la realidad, en forma de auto  que venía por la calle preferencial, lo sorprendió.

Vivo de casualidad, con el cuerpo maltrecho y la cabeza en blanco, lo llevaron a su clínica y cuando despertó, su madre estaba sentada a su lado, con el reproche en la expresión y el alma en vilo mientras la felicidad brillaba en sus ojos. Pero la alegría le duró poco al pobre Oscar, pues – aun medio aturdido -, escuchó dos voces que se acercaban por el pasillo y las reconoció de inmediato: eran sus dos «novias» que al enterarse del accidente venían a verlo.

Miró a su madre,  su madre lo miró de vuelta y no hizo falta decir nada más. Mientras ella salía al pasillo, él sufrió otro desmayo – esta vez muy voluntario y oportuno -,  rezándole a todos los Santos por un milagro. Tras unos largos  minutos, cuando su madre lo tocó para que volviera a abrir los ojos, estaban solamente ellos dos en el cuarto… ni voces, ni novias, solo ella que lo miraba con complicidad.

Él nunca pudo averiguar qué dijo ni qué hizo su madre aquel día  allá afuera,  pues cada vez que al pasar de los años recordaban el incidente, ella solo le respondía con aquella risa tan especial que la caracterizaba, sin explicar cómo puso orden en aquel caos sentimental.

Tras una cirugía, a Oscar le pudieron componer un par de huesos rotos, y en unas semanas andaba en sus cosas de nuevo, aunque la ruidosa scooter no tuvo tanta suerte como él.

El Vedado siguió ahí, con sus esquinas, sus balcones, sus historias y sus adolescentes revoloteando en el preuniversitario Saul Delgado. Betty, con el tiempo – y muchas palabras – lo perdonó, aunque un buen dia lo dejó. (y después dicen que el Karma no existe… 🙂 )

¿Y Oscar? Pues él, burlandose un poco de la suerte, comenzó a utilizar la moto MZ de su papa para seguir con sus locuras, hasta que un par de años despues la vida le mostró nuevamente  que: «la inmortalidad solo es creíble hasta que ella misma decide recordarte que no existe».

Pero esa es otra historia……

6 comentarios en «Dos novias, el accidente y un desmayo oportuno»

  1. Simpática narración y propia de la juventud. De la madre q decir de tan, muy sabia

  2. Esa no me la sabía, aunque si me acuerdo de Bertica, porque Betty era la hermana 😂

  3. Hahaha me parece que te estoy conociendo ahora 😅

  4. Quien te salvo fue Mamá 🤣🤣🤣👏👏👏🙏

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