A mi Pequeño Duende

Compartir en:

Supe de ti cuando aún no habías llegado a este mundo, a través de una joven embarazada que recién se mudaba a nuestro edificio. 

La vida nos fue uniendo y – casi sin darme cuenta – te conocí en los brazos de aquella vecina valiente que pese a sus dudas y miedos iniciales, comenzó a luchar por darte  cada día el espacio y el respeto que mereces.

Yo, durante más de 7 décadas, había defendido el “no me gustan los niños” para justificar no haberlos buscado más decididamente, pero desde el primer día que te ví, me cautivaste con esa forma tan tuya de observar, de hacerte sentir y de habitar en el silencio. Con esa curiosidad única que muchos no se tomaban siquiera el tiempo de disfrutar.

Algunos cercanos a ti, no sé si por desconocimiento o por simple comodidad, preferían ignorar la condición con la que llegaste – como si cerrar los ojos hiciera la vida más fácil, pero desde un inicio supe que tú no eras el problema a evitar, sino un universo por descubrir y decidí caminar a tu lado para apoyarte  cuando el mundo se volviera demasiado ruidoso o injusto.

Poco a poco me enseñaste que estar contigo no requería grandes discursos ni explicaciones, sino paciencia, presencia y corazón. Aprendí que un simple gesto tuyo podría decir más que todas las palabras de un libro y comprendí que tu forma de relacionarte, aunque distinta, era profundamente auténtica cuando amabas.

Pasabas por mi puerta y tocabas el timbre aunque solo fuera para decir “llegué” o entrabas y sin decir palabra señalabas donde sabias que yo “escondia” el chocolate o pedias, señalando el refrigerador, un poco de refresco en tu jarrita verde de plástico. A veces simplemente entrabas al cuarto, encendías el TV, y me obligabas a acostarme a tu  lado para ver muñes en Youtube. 

Recuerdo que hace tiempo te regale un juego de letras y la rapidez con la que aprendiste el alfabeto y su orden me asombró, pero el recuerdo que aún me hace llorar es aquel día que en la escuela te pidieron que escribieras un nombre y escogiste las letras con las que pudiste escribir OSCAR

Cómo olvidar tus manitas apretando mis dedos, sentados los dos en el sofá o aquel día que   cuando te ibas, después de visitarnos en nuestra nueva casa y ante la “excusa” de que yo no cabía en el taxi, verte señalar llorando el asiento vacío del copiloto mientras nos decías: ¡¡“Oscar Si”!!

Aunque parezca difícil de creer, fuiste el primer bebé que cargué en mi vida y el primero que se orinó arriba de mi, el primero al que bañé y el único al que le he enseñado a “sacudirla” después de orinar. Contigo he sido primerizo en casi todo y creo que solamente me faltó engendrarte.

Pero lo más importante, me enseñaste que no se trata de cambiarte para que el mundo te acepte – pues tú eres perfecto -. Lo realmente importante y necesario es que aquellos que te crean diferente (aún los más cercanos), aprendan a verte y a comprenderte como te veo y te comprendo yo, como alguien que ve el mundo de una manera diferente y hasta mejor, diría yo.

Una mudada obligada nos separó en la distancia y no hay día que no imagine oír el timbre sonar indicando que pasabas por el pasillo, o que no te sienta entrar como una tromba a regar tus letras y juguetes sobre la mesa de la sala, o que sin mirarme siquiera – y como el dueño que eras de la casa -, no te vea abrir el armario, coger tus galletas y pedirme que te abra el paquete.

Ojalá el futuro te llegue rodeado de personas que reconozcan en ti al niño valioso, sensible, fuerte y lleno de luz que yo veo. Y aunque no soy tu familia de sangre, siempre cargaré en el corazón el privilegio de haberte acompañado en tu caminar y llevaré en el alma, el brillo de tus ojos cuando me miras.

Quiero que siempre sepas que agradezco a la vida, al destino, a Dios, por haberte conocido, por cada pequeño avance que tienes, por cada instante de conexión, por cada sonrisa que es un premio ganado con esfuerzo. Tú eres una muestra viva de que el amor se expande dónde y cuándo hay disposición para verlo y de que yo estuve equivocado cuando renuncié a tener alguien como tú un día en mi vida.

Desconozco  cuánto tiempo más podré compartir contigo ahora que el cariño que hemos construido se diluye en distancia y ausencia y las cosas de la vida nos separen como familia. Pero intentaré alargarlo lo más posible….

No sé si estaré para verte escribir tus primeras palabras y seguramente ya falte cuando recibas tu diploma de primaria, pero solo quisiera que en ese momento te acordaras de alguien a quien enseñaste a amar. De un viejo al que diste unos cuantos berrinches pero muchas, muchas, muchas alegrías. De un abuelo postizo que te quiso y te quiere. En fin, de quien tuvo la fortuna de hacerte parte de su camino

En fin, que te  acuerdes de OKAA

(Puedes disfrutar de otras hiostorias siguiendo este enlace

Deja un comentario