Había una vez un ogro que no era temido por su fuerza, sino por su silencio. No gustaba de romper alegrías, pero tampoco era dado a compartirlas.
Vivía apartado, en lo más espeso del bosque, donde los árboles crecían torcidos y el musgo cubría las piedras como si quisiera borrar toda huella de paso.
Desde hacía tiempo observaba a escondidas y sin hacerse notar a una joven que, para olvidar los desafíos que la agobiaban, caminaba todas las tardes por el sendero cercano al arroyo, pues en el bosque se sentía más ligera y libre.
El ogro la veía sentarse junto al agua, lanzar pequeñas piedras, cerrar los ojos y dejar que el viento moviera su cabello. Al principio creyó que esperarla era simple curiosidad. Después pensó que era hábito. Pero con el tiempo descubrió algo inquietante: Cuando ella no aparecía, el bosque se volvía más oscuro. Sin embargo, cuando llegaba, algo dentro de él se iluminaba.
Pero con el tiempo descubrió algo inquietante: Cuando ella no aparecía, el bosque se volvía más oscuro. Sin embargo, cuando llegaba, algo dentro de él se iluminaba. Al principio creyó que esperarla era simple curiosidad. Después pensó que era costumbre. Pero con el tiempo descubrió algo inquietante: Cuando ella no aparecía, el bosque se volvía más oscuro. Sin embargo, cuando llegaba, algo dentro de él se iluminaba.
Le confundía saber que no era el deseo torpe y rudo de herir con que la naturaleza le había dotado, era algo que crecía sin permiso y una tarde, incapaz de seguir ignorándolo, bajó hasta el arroyo, se inclinó sobre sus aguas y mirando su propio reflejo se preguntó en voz baja:
—¿Esto que siento es solamente una forma diferente de desear?
El agua solo le devolvió su propio rostro deformado por las ondas, pero cuando ya se levantaba para marcharse, una voz comenzó a explicarle:
—Lo que sientes no es nada extraño ni vulgar. Se llama amor sensorial contenido—
El ogro, sorprendido, preguntó sin saber exactamente a quién se dirigía: —¿Y qué es eso? —
—Es un tipo de amor que se apoya en los sentidos, pero que no se deja gobernar por ellos —respondió la voz y mientras el ogro permanecía inmóvil, continuó.
—Decimos sensorial porque no se centra en ningún acto físico, sino en la presencia. Se experimenta en la necesidad de dormir con sus palabras, en la manera en que se mira, en la entonación de la voz o en los gestos al conversar. Despierta los sentidos, pero no los utiliza como forma de conquista, sino como una vía de conexión y satisface el deseo sintiendo la energía del otro, aun a través de la distancia—.
—Pero es a la vez contenido, porque,pese a sentir intensamente, reconoce los límites y no exige, no invade, no reclama. Elige la mesura, no porque sea débil, sino porque entiende las circunstancias y escoge abrazar la almohada y humedecer los gestos en lugar de poseer—.
—En síntesis, un amor sensorial contenido es aquel que sueña acariciar una piel con la yema de los dedos, no para conquistarla, sino para confirmar que dos mundos pueden rozarse sin invadirse; que siente curiosidad por conocer el sabor de unos labios, no para despertar una pasión desenfrenada, sino para descubrir cuánta ternura puede habitar en ellos; que imagina mirar un cuerpo desnudo frente al espejo, no para poseerlo, sino para conocer una verdad sin adornos—.
El bosque guardó silencio, como si también escuchara.
—En fin, querido ogro —siguió el arroyo—, es un amor que no quiere romper nada, pero que tampoco puede fingir que no existe. Es un sentimiento que no puede poseer la luz y se conforma con mirarla sin apagarla. Quizás por eso duele más, porque entiende de límites, porque sabe que las ilusiones rara vez matan historias ya construidas y porque comprende que, aunque hay hambre de placer, hay momentos en los que, en lugar de poseer, se debe solo acompañar—.
—¿Qué puedo hacer entonces? —casi murmuró el ogro, sin apartar los ojos de su reflejo que lo miraba confundido.
—Puedes aceptarlo y convertirlo en afecto sin expectativa o, si la situación es insostenible emocionalmente, crear distancia para protegerte—.
El agua se arremolinó un poco y, antes de hundirse definitivamente en el silencio, le susurró:
—Sin embargo, la verdadera pregunta que debes responder no es qué es lo que puedes hacer con ese sentimiento tan complejo, sino qué versión de ti decides ser mientras lo sientes—.
El ogro permaneció inclinado sobre el arroyo, dejando que esa frase se acomodara en su pecho y por primera vez, el rostro que veía reflejado no le pareció tan monstruoso.
Podía elegir entre dejar que el deseo se volviera impaciencia o permitir que madurara en ternura, pues no se trataba de renunciar a la esperanza de tocar, besar, admirar la belleza desnuda que un día pudiera ofrecerse libremente, sino de preguntarse si llegado ese día, las manos sabrían acariciar sin herir, los labios besar sin reclamar y la mirada contemplar sin profanar.
Entonces, levantándose lentamente, comprendió que el final de esta historia dependía solamente de la respuesta que él estuviera dispuesto a dar a una única pregunta: ¿Ser esclavo de lo que siente o aprender a vivir libremente con ello?
Y convencido de que esperar es una forma silenciosa de valentía y sabiendo que, pese a todo, mañana volvería a acecharla escondido en el bosque, eligió finalmente seguir caminando con su deseo intacto, sin que la espera le marchitara el alma.