Desde los albores de la humanidad, las palabras han sido el medio que los seres humanos hemos utilizado para transmitir emociones y voluntades. A través de ellas hemos aprendido a expresar ideas, compartir conocimientos y transmitir sentimientos y afectos.
Sin embargo, con la aparición de la llamada comunicación no presencial (mediante mensajes, correos y redes sociales, entre otras vías digitales) ha cambiado la forma en la que interactuamos con los demás de una manera que, aunque ofrece ventajas, también encierra peligros para la calidad de las relaciones humanas.
Las palabras son, en esencia, representaciones mentales cargadas de intención, emoción y contexto. Dependiendo del tono, una misma palabra puede despertar diferentes reacciones, por lo que la comunicación verbal no se limita a lo que se dice, sino también a cómo y cuándo se dice.
Mientras conversamos cara a cara, las palabras se acompañan de gestos, miradas, silencios y posturas corporales que complementan y dan sentido a lo que las palabras pretenden transmitir. Sin embargo, (y es donde comienza el peligro), la ausencia de estos matices puede alterar en quienes nos escuchan o leen el significado pretendido de lo dicho y generar confusiones y malentendidos.
El uso de las redes sociales, así como de las aplicaciones de mensajería y videoconferencia, han eliminado distancias, pero en las conversaciones a través de estos medios las palabras pierden buena parte de su riqueza contextual lo que puede provocar malentendidos y distorsionar las relaciones interpersonales.
Los mensajes escritos, por ejemplo, carecen de tono de voz, pausas o expresividad corporal, y lo que para una persona puede ser un comentario neutral, para otra pudiera sonar frío, agresivo y hasta insultante.
La tecnología no es enemiga de la comunicación, pero debe usarse recordando que detrás de cada mensaje hay una persona con emociones, vulnerabilidades y contextos distintos. Las palabras siguen siendo la herramienta más poderosa que tenemos, pero su valor depende del cuidado con que las usamos.
En fin, las pantallas pueden acercarnos, pero solo las palabras bien usadas pueden acercarnos de verdad. Comunicar no es solo hablar o escribir, es entender, sentir y conectar y en un mundo cada vez más digital, el desafío no es decir más, sino comunicarnos mejor.
Antes de enviar un correo o conversar en una red, detengámonos un instante y preguntemos: ¿cómo sonará esto para la otra persona? ¿Lo que digo y cómo lo digo expresan realmente lo que deseo transmitir?
Quizás el estado de nuestras relaciones personales comiencen por esas respuestas, porque las palabras no solo construyen conversaciones, construyen también relaciones, confianza y humanidad.