El tira piedras y aquel gorrión 

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Este es un recuerdo que los años no han logrado borrar…. El de un niño que por seguir a los demás, por ser «parte del grupo», hizo algo de lo que aún hoy se abochorna.

Tendría yo unos 10 u 11 años y recuerdo que al lado de nuestra casa, en aquel pasaje del Vedado, Julia y Adolfina, dos ancianas maravillosas, tenían un Kindergarden por el que pasamos al menos los tres primeros Morales Gago. Lo que más me viene a la mente de aquel entorno era una inmensa enredadera de Jazmín que cubría toda la fachada y que al anochecer inundaba los sentidos con un perfume que aún hoy cierro los ojos y me invade.

 En la casa contigua había dos enormes «matas» de mango que competían en altura y frondosidad con otras dos al otro lado de la estrecha calle. En aquellos tiempos, la niñez se desarrollaba por temporadas. Había temporada de las postalitas, temporada de las bolas,  temporada de los trompos y hasta temporada de los «tira piedras».

Los más viejos quizás recuerden aquella rama en forma de letra «Y» a la que se le amarraban dos ligas hechas de cámara de bicicleta y que terminaban en un pedazo de tela o piel donde se ponía la piedra a lanzar. Realmente nunca fui amante de aquello, pero andar en una «pandilla» tenía sus obligaciones y un mal día también me hice de mi tira piedras.

Con estas armas primitivas  «cazábamos» lagartijas y pájaros, pero recuerdo que yo siempre trataba de mantenerme al margen o disparar sin apuntar, pues nunca me gustó lastimar a ningún animal. Sin embargo y empujado quizás por no ser menos ante los demás, un día me uní al grupo que tiraba piedras a los gorriones que habitaban aquellas matas de mango y, para mi sorpresa, le pegué a uno.

Recuerdo que todos los «pandilleros» gritaban de emoción mientras ponían en las manos de un petrificado Oscarito el cadáver todavía caliente de un gorrión macho que me miraba con sus ojos sin vida.

Tomé la avecilla en mis manos y sin decir una palabra fui a donde estaba mi madre, le mostré lo que llevaba y rompí a llorar. Lloré cómo solo un niño avergonzado puede llorar, mientras ella acariciaba mi cabeza en silencio, sin una palabra o reproche.

Al rato buscó una caja de cartón donde poner el gorrión, me llevó al jardín, me dio una cuchara y me miró a los ojos. No dijo nada, pero en aquella mirada sentí que me perdonaba en nombre de todos los gorriones del mundo.

Muchos años después, cuando ya éramos adultos, le recordé aquella historia. De nuevo me tomó de la mano. Me miró con aquella mirada que solamente ella sabía tener, mientras ambos, en silencio, tratábamos de no secarnos una lágrima.

Todavía el gorrión está enterrado en alguna parte del Jardín de la casa, recordándole al Oscarito de hoy que no hay «pandilla» más importante que nosotros mismos. Recordándole una historia de la que se avergonzará mientras en el mundo haya gorriones a los que defender, en lugar de matar.

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