En mi familia siempre hemos tenido una conexión especial con los animales y crecimos rodeados de perros, gatos y hasta pollitos de colores.
Recuerdo palanganas con “jicoteitas” que luego casi siempre desaparecían, un canario que nunca cantó y curieles que teníamos que proteger de los gatos.
Posiblemente, esa tradición familiar nos viniera del abuelo Óscar y se transmitió como un rasgo genético aún no estudiado por la ciencia. Él no vivía con nosotros en el callejón del Vedado, pero sus visitas eran una constante diaria en nuestra vida.
De regreso de trabajar, siempre pasaba por nuestra casa antes de llegar a la suya y lo hacía con una bolsa de piltrafas en la mano para alimentar a la multitud de gatos de todas las razas y colores que cada tarde lo esperaban echados calmadamente en una pequeña azotea sobre la cocina, al final del patio.
Era como una especie de ritual diario: ellos lo esperaban, él llegaba, ellos bajaban al patio y él les repartía los trozos de carne… Por lo general, yo estaba siempre junto a él, pues aquella multitud de gatos esperando su comida era una atracción demasiado fuerte para un niño de mi edad.
Pero una tarde sucedió algo que nunca olvidaré. Era un día cualquiera; mi abuelo llegó como siempre y, con esa serenidad que lo caracterizaba, se detuvo en la puerta que daba al patio con su bolsa de piltrafa bajo el brazo.
Sin embargo, esta vez, los gatos no corrieron a su encuentro como era habitual. Se quedaron en la azotea, inmóviles, observándolo, como esperando algo…
Y entonces ocurrió. La vieja gata tricolor —una de sus preferidas— se abrió paso entre todos los demás y torpemente descendió de la azotea. Abuelo no se movió, solamente se agachó y, dejando el cartucho de comida en el suelo, la vio avanzar con dificultad hasta que se echó a sus pies para, después de unos segundos, quedar inmóvil y morir.
Intente acercarme y él, con un gesto, me lo impidió, y sin decir nada la acarició con ternura, mientras los demás gatos, como obedeciendo a una señal, comenzaron a bajar uno a uno, sin alborotar por su comida —como era habitual -….. sólo estaban allí.
Muchas veces me he preguntado por qué aquella gata eligió ese preciso momento y lugar para partir y quizás, la respuesta más sencilla sea pensar que, sintiéndose mal, buscó la compañía de quien siempre la había cuidado.
Sin embargo, dentro de mí hay también otra versión más poética y menos práctica que lo ve como una muestra profundamente simbólica de cómo los animales se empeñan en mostrarnos que tienen mucho que enseñarnos en cuanto a sentimientos, aunque nos encaprichemos en no atenderlos.
Esta historia puede parecer de ficción, pero sucedió realmente y su moraleja radica en que debemos ver la vida y la muerte como un ciclo que algún día tendrá un final y donde lo importante es saber que cuando eso suceda, estaremos acompañados por alguien a quien quisimos.
Un amigo me dijo en un comentario de otra historia que «La frase final fue lo mejor!!», así que hoy le dejo esta:
Lo que da sentido al adiós definitivo, no es el momento de la partida, sino el saber que alguien que quisimos estará allí.