La migración no borra el origen (Esa otra parte)

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Migrar  es mucho  más que mudarse – La necesidad de migrar –  El costo emocional –   No todos viven su identidad igual

Por más años que pasen, por más acentos que se mezclen o por más pasaportes nuevos que se acumulen, siempre hay una parte de nosotros que pertenece al lugar del que venimos. Es como una raíz que no se corta, aunque cambiemos la tierra que la rodea, como una memoria viva que se activa en pequeños detalles como una canción, un aroma o una palabra que solo existe en el idioma materno.

Nunca dejamos de ser de esa otra parte porque la identidad no se decide, se habita. Crecimos y todo lo que somos se formó en aquel lugar que no es un simple punto en el mapa, sino más bien un paisaje emocional con su propio ritmo del habla, sentido del humor, y forma de enfrentar la vida, como el “ojo” que permite interpretar el mundo. Migrar cambia muchas cosas, pero no puede desinstalar esa impronta inicial.

Seguimos siendo de esa otra parte porque el país de origen continúa hablándonos desde la distancia y nos mantiene atados con los hilos invisibles de la familia que quedó, las noticias que siguen doliendo, las historias que escuchamos desde lejos, cosas que incluso cuando intentamos desconectarnos nos llama como si aún estando lejos, país siguiera habitando dentro de nosotros.

La nostalgia es otra razón poderosa. La nostalgia selecciona lo mejor del pasado y lo eleva hasta volverlo sagrado. Uno no extraña solo lugares: extraña épocas, versiones propias, estados emocionales. Extraña la libertad de ser uno mismo sin explicaciones. Extraña el hogar no como espacio, sino como sensación. Y ese sentimiento, tan profundo, impide desligarse por completo.

Además, nunca dejamos de ser de esa otra parte porque el país de llegada nos recuerda continuamente nuestra diferencia. Aunque nos adaptemos, aunque dominemos el idioma, aunque logremos sentirnos cómodos, siempre habrá un acento, un rasgo, un gesto que delate el origen pues ser migrante es vivir con la conciencia permanente de que uno viene de otro sitio.

Finalmente, no dejamos de ser de esa otra parte porque la mayoría no queremos renunciar a ella y aunque la vida siga, aunque construyamos nuevos vínculos, aunque amemos la nueva tierra, siempre habrá un rincón interno que nos dice: “Yo vengo de allá”. Un rincón que reclama memoria, lealtad, pertenencia.

Migrar no borra, suma y somos tanto de aquí como de allá. No resta identidad, la multiplica y en esa complejidad reside una belleza difícil de explicar, aquella de quienes, aún lejos, siguen llevando su origen como un latido que nunca cesa.