Migrar es mucho más que mudarse – El costo emocional – La migración no borra el origen – No todos viven su identidad igual
Migrar no suele ser una elección libre. A veces se dice con ligereza: “Te fuiste porque quisiste”, como si una persona abandonara su país del mismo modo en que cambia de ropa o elige un restaurante para cenar.
Sin embargo, quienes migran entienden que la palabra “querer” rara vez está incluida en la ecuación pues lo que realmente impulsa a salir es la necesidad, la urgencia y la sensación de que quedarse es en cierto modo, detener la vida y renunciar a la seguridad, el futuro, la salud, la dignidad y los sueños.
Para muchos, la necesidad de migrar no aparece como un trueno repentino, sino como una lluvia persistente: el sueldo que no alcanza, la violencia que se siente demasiado cerca, las oportunidades que no llegan, la resignación que se instala en la vida diaria y así,poco a poco, la idea de marcharse deja de ser un delirio para convertirse en la única salida imaginable.
Se migra porque se quiere vivir sin miedo, porque se quiere trabajar para comer, porque se quiere estudiar, crecer, cuidar a los suyos. En fin, se migra porque el país propio no deja espacio para florecer.
En los países donde la pobreza o el mal gobierno estructuran la vida, la gente sueña con un trabajo digno, con un hogar estable, con la posibilidad de que sus hijos no repitan los mismos tropiezos, pero sin embargo, esos sueños chocan continuamente con sistemas que no ofrecen movilidad, con oportunidades que solo llegan a unos pocos, con infraestructuras frágiles, con gobiernos que no escuchan y entonces buscar nuevos horizontes se convierte en una decisión dolorosamente racional.
Por otra parte, cuando el país que nos vió nacer deja de sentirse hogar y lo cotidiano se vuelve un recordatorio permanente del desgaste, la mente comienza a imaginar otros horizontes y surge entonces un componente emocional pues, además de mejoras materiales, vamos tras la sensación de que la vida puede ser distinta y de que todavía hay caminos abiertos para reinventarse.
Sin embargo, aunque la necesidad nos empuje, la decisión siempre pesa. Y pesa porque implica renunciar a lo que se conoce, a los afectos, a las calles, personas y paisajes que forman parte de nuestra identidad y porque estamos cambiando para siempre la manera en que nos relacionamos con el mundo
En estos tiempos, migrar no es casi nunca un capricho individual, sino un reflejo de realidades estructurales, de carencias profundas, de desigualdades acumuladas, pero también de la busqueda de dignidad y crecimiento espiritual
En fin, para muchos migrar es una decisión valiente pero en realidad es más que nada un acto de supervivencia que se da con el corazón pesado, pero con la esperanza – quizás ingenua, quizás necesaria – de que al otro lado de la incertidumbre la posibilidad sea más grande que el miedo.
