El costo emocional es una deuda que nadie prevé.

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Migrar  es mucho  más que mudarse – La necesidad de migrar –  La migración no borra el origen  –  No todos viven su identidad igual

Cuando hablamos del  costo de migrar, se piensa en el trabajo, en el idioma, en los trámites, en el dinero, pero nadie imagina lo que ocurre dentro del pecho, de manera silenciosa, aún años después del viaje, cuando una madrugada nos sorprendemos llorando por algo tan simple como el olor de un pan que se parece al de casa.

Migrar implica el duelo por la vida que se deja atrás y que no tiene que ver ni con despedidas formales, ni con acompañamientos. Es algo tan sutil que uno no solo se despide de la familia, sino también de la versión de uno mismo que existía antes de partir, dejando ir las certezas, las rutinas, el idioma que fluía sin esfuerzo, como si con ello mudamos de piel.

La soledad es una de las primeras facturas emocionales que la vida de emigrado nos cobra pues aunque conozcamos gente nueva o encontremos algún medio de apoyo, es del tipo que la simple compañía no disipa: no tener pasado común con nadie, no poder contar una anécdota sin tener que explicar demasiado,  sentir que las canciones que nos emocionan no significan nada para los demás.

Migrar es navegar por culpas que se contradicen. Existe la de haber abandonado a quienes siguen luchando en el país que uno dejó atrás y no estar presente en cumpleaños, navidades, duelos, nacimientos mientras los seres queridos siguen enfrentando incertidumbres,escaseces y persecusión. Y,  paradójicamente, aparece también la culpa inversa que es aquella de no adaptarse lo suficientemente rápido, la de sufrir a pesar de estar “mejor”, la de no sentir gratitud todo el tiempo.

A todo eso debemos sumar el hecho de que migrar es vivir en alerta cuando cada trámite, cada llamada, cada interacción culturalmente diferente activa un esfuerzo mental.  Los migrantes nos sentimos siempre observados, evaluados, categorizados y debemos trabajar el doble para demostrar la mitad.

Pero lo que quizá más duele es el desarraigo de descubrir que el país propio empieza a sentirse lejano mientras que el nuevo todavía no se siente hogar y es que migrar nos parte en dos y esa fractura puede acompañarnos toda la vida.

Aun así, en medio de ese costo material y emocional también crecen fortalezas nuevas donde aprendemos a sostenernos, reinventarnos y valorar lo que antes parecía obvio.

Migrar duele, sí. Pero también transforma. Es una herida que se abre, pero que también ilumina.