En un pequeño planeta, El Principito, conoció a muchos seres singulares, entre ellos una zorra sabia y tímida que le enseñó que domesticar es el arte de crear ataduras a partir de ritos compartidos. Pero, ¿Qué pasaría si una de las partes – o ambas – deciden dejar de cumplirlos?
¿Qué puede suceder cuando los rituales, en lugar de cuidarse y cumplirse, terminan desgastándose hasta perderse?
Con el perdón de Antoine de Saint-Exupéry -, les propongo una posible versión final de ese encuentro, en una historia en la que la zorra no enseña a El Principito cómo atar lazos, sino cómo soltarlos con cariño, cuando la amistad deja de ser simétrica. Es un relato sobre la delicada lección de «dejar ir» – o «irse» -, sin olvidar.
La necesidad de dejar ir…..
El Principito volvió al trigal después de varios días en los que diversas cosas le impidieron ir. La zorra estaba allí, sentada sobre la tierra tibia, mirando el horizonte, esperándolo, como acostumbraba desde su primer encuentro, pero lo hacia con una serenidad diferente.
—¿Me reconoces? —preguntó ella, sin girarse.
—Claro —respondió El Principito—. Te domestiqué. Eres única para mí.
La zorra sonrió a medias.
—Justamente por eso he querido verte —dijo—. Hoy no voy a pedir que me domestiques, sino a hablarte de algo que casi nadie cuenta. Voy a explicarte que a veces es necesario «desdomesticar».
El principito frunció el ceño.
—¿Des… domesticar? ¿Desatar lo que ya fue atado?
—Sí —respondió ella—.
– Desdomesticar no es olvidar, ni negar lo vivido. Es aprender a soltar sin odio, a deshacer los lazos cuando dejan de ser necesarios o justos. Es dejar de esperar o exigir una entrega que el otro ya no puede o no quiere sostener.- Y cosa rara en él, esta vez El Principito guardó silencio.
—Cuando me domesticaste —continuó la zorra— aprendí a ser feliz esperandote impaciente, a temblar de alegría cuando llegabas, a sufrir por una demora. Pero más tarde aprendí también que la amistad puede volverse una jaula invisible cuando no es simétrica. Cuando ambos, sin decir razones, no muestran el mismo interés en mantenerla viva y los rituales se pierden.
—¿Y cómo se hace para desdomesticar? —preguntó él en voz baja.
La zorra se levantó y sacudiéndose el polvo del pelaje le respondió. —Se logra con pequeños rituales inversos -.
Primero, dejando de esperar. Luego, aceptando que el otro no siempre volverá. Después, recordando, sin necesidad de tener que ver. Y por último, agradeciendo sin reclamar.
—¿Duele? —preguntó el principito.
—Sí —dijo la zorra con honestidad – Duele, como duele crecer. Pero no duele para siempre. Un día te despiertas y descubres que sigues queriendo, pero que ya no necesitas.
—¿Entonces dejaré de ser importante para ti? —preguntó, y la zorra lo miró. Esta vez con ternura.
—Seguirás siendo importante, nunca dejarás de serlo, pero ya no serás imprescindible. Esa es, pequeño caminante, la diferencia, pero será también una manera nueva de quererte.
El Principito dió la vuelta y sin mirar atrás se marchó repitiendo – Querer no siempre es quedarse, en ocasiones es saber irse a tiempo -.
Ella, al ver el dorado del trigal, sonrió esta vez con una paz distinta. Había enseñado que la franqueza y la honestidad están en saber irse, o dejar ir, cuando los rituales que unieron se rompen. Y mientras veía a su amigo marchar dijo en voz muy baja: – Te quise libre y te suelto en paz –
Ese día la sabia y timida zorra nos dejó un regalo tan importante como aquel del primer encuentro. Nos enseñó que: A veces, desdomesticar es la forma más honesta de seguir queriendo.
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Posiblemente todos hemos tenido alguna vez la necesidad de desdomesticar
Wao 👏🏻👏🏻👏🏻
Simplemente genial