La verdad puede comprenderse mejor cuando un bosque y un palomo nos devuelven, en forma de historia, el posible precio oculto de las promesas.
La frase
De mi padre tengo muchos recuerdos, pero hay uno que me persigue desde hace más de seis décadas.
Crecí viendo escaseces e injusticias y mi adolescencia coincidió con un momento político que prometía derechos e igualdad y una tarde en la que yo trataba de explicarle el regalo que todo eso significaría para los pobres, me dijo:
—Hijo, nadie da peso por peseta—.
Aquella frase, que entonces no entendí, es el tema de la fábula y la moraleja que hoy les comparto.
El precio del canto prometido
En un bosque tropical, un joven pichón creció escuchando promesas de cambio. Los días eran duros, y la idea de un bosque más justo sonaba como un canto imposible de ignorar.
Cuando el nuevo Consejo de Aves llegó, su mensaje fue claro: igualdad, alimento para todos y un orden donde nadie sufriría carencias y el pichón asumió inmediatamente la tarea.
Sin embargo su padre, un viejo palomo de mirada cansada por años de experiencias, cuando se hablaba de aquellas promesas solo repetía —Nadie da peso por peseta.—
Y el bosque cambió… Se organizaron mejor los graneros y todos tenían una ración segura. Los senderos se limpiaron, los nidos dañados se repararon y los refugios para el invierno se construyeron más rápido. Finalmente para evitar que depredadores y animales más fuertes abusaran de los pequeños se impusieron normas y vigilancia. El bosque efectivamente cambió y las reglas parecían aplicarse a todos por igual
Pero con el tiempo, las reglas crecieron como mala hierba. Los animales para buscar alimento, cambiar de árbol o incluso reunirse, necesitaban permiso del consejo. Cuervos guardianes observaban cada movimiento y creció el miedo a pensar o actuar diferente. Las raciones pasaron a depender del consejo y todos debían construir nidos de la misma manera. La diferencia comenzó a verse como amenaza y los que decidían, lo hacían desde ramas cada vez más alejadas del suelo.
Ciertamente el Consejo cumplió lo prometido, pero ….. lo hizo a su manera. El bosque dejó de pertenecer a quienes lo habitaban y las promesas terminaron cambiando autonomía por dependencia.
Pasaron los años y el pichón, ahora convertido en palomo, miraba con nostalgia su bosque. El tiempo le había demostrado que cuando las promesas son demasiado perfectas, el coste no desaparece, solo se vuelve menos visible y no deseaba otra cosa que poder terminar aquella conversación con su padre:
—Tenías razón. No era un regalo, era solo un intercambio—
Reflexión de Óscar
El refrán no invita a vivir en una sospecha constante, pero sugiere aprender a mirar con lucidez lo que puede haber detrás de los actos. Entender que todo lo que se da o se recibe no es totalmente gratuito y que, consciente o inconscientemente, conlleva – o espera – una recompensa.
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