Con una sonrisa tranquila y un suspiro suave, cada diciembre abuela Ana repetía las mismas palabras que todos en la familia ya conocíamos de memoria.
Las decía cuando la fiesta de Noche Buena reunía a sus hijos y nietos, y también en Año Nuevo, justo antes de las uvas, mientras que levantaba su copa con un gesto decidido para brindar con quienes la acompañaban.
Ya nadie tomaba aquello en serio, pues era un poco como el cuento de “ahí viene el lobo”. Todos nos reíamos, mientras le decíamos “Abue, el año pasado dijiste lo mismo y mírate aquí” y ella nos respondía con una leve sonrisa, como quien guarda un secreto que no es necesario explicar.
Pasaron los años y la familia dejó de reunirse para los turrones y las uvas. Por una parte, esas fiestas dejaron de celebrarse públicamente casi por decreto y por otra, la muerte de abuelo Oscar y el trabajo y responsabilidades de cada cual fueron alejando en el tiempo aquellas celebraciones familiares.
Cuando abuela Ana cumplió los 92, yo vivía con ella desde hacía varios años en el caserón de la calle 12, en el Vedado, donde pasaba horas sentada en un balance de la sala, mirando a través de la gran ventana el trajín de la panadería de enfrente.
No recuerdo haberla visto nunca enferma y pese a que caminaba con dificultad, era una anciana muy activa, con una mente tan clara que además de recordar los santos, cumpleaños, bautizos y matrimonios de toda la familia, yo le decía: “Abuela el dia 20 tengo una reunión a las 12 del dia” y desde el día antes me lo recordaba.
Sin embargo, después de haber escapado de todas las enfermedades de la edad – y hasta de la neuropatía que nos rondaba en aquella época -, un día pescó un catarro y por primera vez la vi “tumbada” en la cama, recordando aquello de que “los viejos mueren de las tres C: caídas, catarros y cagaleras”
No sé si por casualidad – o por cosas del destino – la gripe reunió una noche a la familia nuevamente y en la sala de la casa, entre risas e historias, pasamos un par de horas sus dos hijos y – si mal no recuerdo – todos sus nietos .
Nos acostamos como siempre, pues su gripe había amainado, se sentía mejor y nada indicaba que aquel fuera a ser un día diferente, pero cuando a las 5 y 30 de la mañana fui a despedirme de ella para irme al trabajo, abuela Ana había fallecido. Se fue asi, como había vivido: sin alboroto, sin molestar, tranquilamente.
Han pasado más de 40 años y las fiestas de Navidad y Fin de Año me trajeron el recuerdo de abuela Ana y hoy entiendo la sonrisa con la que respondía nuestras cariñosas burlas, pues no es hasta que nos volvemos ancianos que la posibilidad del último beso, la última fiesta o el último año se nos hace visible y próxima.
La vida me ha enseñado que cuando abuela Ana decía aquellas palabras no lo hacía con tristeza o con miedo y sé, por experiencia propia, que sonreía con la gratitud de quien sabe que ha vivido cómo decidió, con la certeza de haber amado todo lo que pudo y de la manera que, en cada instante, entendió correcta.
Bella historia. La vida misma y su realidad
Muy bonitos recuerdos de la Abue..
Linda la vida de abuela Ana, tristeza ver q es con los años q le damos el valor q tiene las fiestas q reúnen a la flia, cualquier día es bueno pero esa, dejan un recuerdo q perdura y volverán a revivirse con los años. Mi madre vive en ese pasado q le dejó tantas alegrías. Preciosas tus anécdotas