La historia de un amor que eligió quedarse quieto

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Muchos se preguntan si el amor sin contacto físico puede aparecer, crecer y existir y en mi opinion y segun mi experiencia la respuesta, aunque compleja, es que si, sobretodo cuando el destino interviene. Si no lo creen,  disfruten de esta historia…

Siempre han intentado enseñarnos que el amor solo puede existir con un abrazo oportuno, una caricia que intranquiliza o un beso que excita y que solamente el contacto físico es prueba irrefutable del amor. Sin embargo, la vida – con sus límites, sus tiempos y sus circunstancias – nos muestra que el amor es tan complejo que se alimenta de variadas fuentes, donde el cuerpo no es la única.

Quienes gustan buscar la quinta pata al gato me preguntan sonriendo:¿realmente el amor puede existir sin contacto físico? Y la respuesta, no es sencilla, pero sí honesta, es que Sí. Y aunque pueda parecer absurdo, en algunos casos puede ser incluso hasta inolvidable

El amor sin contacto físico se basa, ante todo, en una elección consciente de la pareja pues cuando no podemos aferrarnos al tacto, la relación sólo puede sostenerse en la palabra, la escucha y la presencia emocional. Amar sin tocar implica atención, respeto y una forma distinta de intimidad que se construye en conversaciones honestas, sin tabúes y en la complicidad y seguridad de una posesión sin necesidad de estar cerca.

Existen muchas razones por las que un amor puede o debe prescindir del contacto físico y estas pueden ser algunas de ellas:

Quizás la más evidente  sea la distancia, pues cuando los kilómetros separan cuerpos, el cariño se nutre de mensajes y llamadas sin fechas. Otra de las causas, aunque menos frecuente, puede aparecer cuando algunas enfermedad impone límites y amar se  convierte en acompañar y permanecer presente.

Los años también tienen sus culpas y con la edad los sentimientos pueden transformarse en algo más emocional y menos físico, donde el afecto se expresa entonces a traves  de la comprensión, la admiración y la preocupación mutua.

Pero también existen amores que no pueden vivirse de manera plena sin causar daño a terceros o que están condenados por criterios familiares, culturales o morales. Esos, posiblemente los más comunes, crecen en entornos más condicionados.

Como decíamos al comienzo, aunque el amor suele asociarse al contacto de los cuerpos, hay historias que demuestran que también pueden existir en los márgenes, en lo que no se permite, pues amar sin tocar no solamente es posible, sino que – en algunos casos – puede hasta ser la manera más consciente y plena de hacerlo.

Hablar de esto me trae el recuerdo de una historia personal de hace muchos, muchos años. Comencemos imaginando que OM y AA fueron una pareja de jóvenes que se conocieron de la manera más absurda posible.

Ambos estaban casados, ambos llegaban un día tarde al trabajo y ambos intentaron cruzar al mismo tiempo una puerta de cristal, cada uno en sentido contrario. La confusión derivó en un pequeño choque, una discusión breve y algunas miradas incómodas. Nada que hiciera pensar que aquel momento tendría alguna importancia.

Semanas después, el azar volvió a cruzarlos, pero esta vez no fue una puerta, sino un lugar de trabajo compartido. Se reconocieron de inmediato y lo que empezó como una cordialidad forzada por aquel recuerdo incómodo, se transformó, sin que ninguno lo buscara, en afinidad y complicidad.

Conversaban o reían por tonterías discutían sobre canciones de Silvio y aunque a decir verdad se miraban más de lo necesario, no buscaban conscienteme nada más, pues no podían: Ambos tenían  compromisos, responsabilidades y la línea roja de encontrarse en los cuerpos, aún sin necesidad de establecerse nunca se cruzó.

Sin embargo, el cariño crece de las maneras más insospechadas o menos clásicas y durante meses, sin quererlo o buscarlo conscientemente, el de ellos se alimentó de la alegría de esperar cada noche la hora de verse nuevamente (no era época de celulares e internet) y por acuerdo silencioso y tácito, el contacto físico se reducía a roces “accidentales” de dedos al pasarse un documento, un hombro que se tocaba en un pasillo estrecho o  el calor de una mano que amablemente sostenía el codo al bajar una escalera. Un contacto en los que el deseo se transformaba en atención y donde amar no significaba poseer, sino elegir no hacer daño.

Un día el trabajo los separó y no volvieron a verse, hasta que años después se reencontraron casualmente un día en una parada de guagua.  La situación familiar y social de ambos había cambiado y no hizo falta hablar mucho sobre el pasado.

Ambos sabían que lo sucedido había sido único. No porque hubiera pasado algo extraordinario, sino precisamente porque no pasó nada.

Pero esa es otra historia que quizás un día me decida a contar

2 comentarios en «La historia de un amor que eligió quedarse quieto»

  1. Que linda historia ❤️

  2. Que historia tan linda ❤️

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